COMISIÓN INTERACADÉMICA

Presidente

Víctor García de la Concha

DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Secretario

Humberto López Morales

SECRETARIO GENERAL DE LA ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA

ACADEMIA PUERTORRIQUEÑA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Coordinador

Salvador Gutiérrez Ordóñez

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

ÁREAS LINGÜÍSTICAS

Chile

Coordinadores: Alfredo Matus Olivier • Andrés Gallardo Ballacey ACADEMIA CHILENA DE LA LENGUA

Río de la Plata

Coordinador: Adolfo Elizaincín

ACADEMIA NACIONAL DE LETRAS DE URUGUAY

Alicia María Zorrilla

ACADEMIA ARGENTINA DE LETRAS

Juan E. Aguiar

ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Área andina

Coordinador: Mario Frías Infante

ACADEMIA BOLIVIANA DE LA LENGUA

Marco Martos Carrera

ACADEMIA PERUANA DE LA LENGUA

Susana Cordero de Espinosa

ACADEMIA ECUATORIANA DE LA LENGUA

Caribe continental

Coordinador: Francisco Javier Pérez

ACADEMIA VENEZOLANA DE LA LENGUA Juan

Carlos Vergara Silva

ACADEMIA COLOMBIANA DE LA LENGUA

México

Coordinador: José G. Moreno de Alba

ACADEMIA MEXICANA DE LA LENGUA

Centroamérica

Coordinador: Francisco Arellano Oviedo

ACADEMIA NICARAGÜENSE DE LA LENGUA

Enrique Margery Peña

ACADEMIA COSTARRICENSE DE LA LENGUA

Francisco Albizúrez Palma

ACADEMIA GUATEMALTECA DE LA LENGUA

Ramón Hernández Torres

ACADEMIA HONDUREÑA DE LA LENGUA

Margarita Vásquez

ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA

Matías Romero Coto

ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

Antillas

Coordinadoras: Ofelia García Cortiñas († 2007) • Marlen Domínguez ACADEMIA CUBANA DE LA LENGUA

Eduardo Forastieri • María Inés Castro

ACADEMIA PUERTORRIQUEÑA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Bruno Rosario Candelier • Ramón Emilio Reyes

ACADEMIA DOMINICANA DE LA LENGUA

Estados Unidos y Filipinas

Coordinador: Gerardo Piña-Rosales

ACADEMIA NORTEAMERICANA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Salvador B. Malig

ACADEMIA FILIPINA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

España

Coordinador: Salvador Gutiérrez Ordóñez

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

COMISIONES ACADÉMICAS DE ORTOGRAFÍA

Real Academia Española

Víctor García de la Concha • Valentín García Yebra • Gregorio Salvador Caja •

Juan Luis Cebrián • Ignacio Bosque • José Antonio Pascual • Arturo Pérez-Reverte

• Salvador Gutiérrez Ordóñez • Darío Villanueva

Academia Colombiana de la Lengua

Jaime Posada • Juan Carlos Vergara Silva

Academia Ecuatoriana de la Lengua

Jorge Salvador Lara • Susana Cordero de Espinosa

Academia Mexicana de la Lengua

José G. Moreno de Alba

Academia Salvadoreña de la Lengua

David Escobar Galindo • Matías Romero Coto • Carlos Alberto Saz

Academia Venezolana de la Lengua

Blas Bruni Celli • Francisco Javier Pérez • Luis Barrera Linares • Horacio Biord Castillo • Lucía Fraca de Barrera • Enrique Obediente Sosa

Academia Chilena de la Lengua

Alfredo Matus Olivier • Andrés Gallardo Ballacey

Academia Peruana de la Lengua

Marco Martos Carrera

Academia Guatemalteca de la Lengua

Mario Antonio Sandoval • Francisco Albizúrez Palma • Marta Raquel Montenegro Muñoz

Academia Costarricense de la Lengua

Estrella Cartín de Guier • Enrique Margery Peña

Academia Filipina de la Lengua Española

José Rodríguez Rodríguez • Salvador B. Malig • Macario M. Ofilada

Academia Panameña de la Lengua

Berna Pérez Ayala de Burrell • Margarita Vásquez • Rodolfo de Gracia

Academia Cubana de la Lengua

Roberto Fernández Retamar • Marlen Domínguez

Academia Paraguaya de la Lengua Española

José Antonio Moreno Ruffinelli • Juan E. Aguiar

Academia Boliviana de la Lengua

Raúl Rivadeneira Prada • Mario Frías Infante

Academia Dominicana de la Lengua

Bruno Rosario Candelier • Ramón Emilio Reyes • Guillermo Pérez Castillo Academia Nicaragüense de la Lengua

Jorge Eduardo Arellano Sandino • Francisco Arellano Oviedo

Academia Argentina de Letras

Pedro Luis Barcia • Alicia María Zorrilla

Academia Nacional de Letras de Uruguay

Wilfredo Penco • Adolfo Elizaincín • Héctor Balsas • Virginia Bertolotti •

Magdalena Coll

Academia Hondureña de la Lengua

Óscar Acosta • Ramón Hernández Torres

Academia Puertorriqueña de la Lengua Española

José Luis Vega • Eduardo Forastieri • María Inés Castro • Amparo Morales

Academia Norteamericana de la Lengua Española

Gerardo Piña-Rosales • Emilio Bernal Labrada • Pedro Guerrero Ruiz • Jesús López Peláez • Rocío Ovido Pérez de Tudela • Antonio Pamies Beltrán • Rosa Alicia Ramos • María Teresa Caro Valverde • Ginés Lozano Jaén • María González García

EQUIPO DE REDACCIÓN Y EDICIÓN

Del Departamento de «Español al día»

Coordinadora y redactora jefe

Elena Hernández Gómez

Redactoras

Encarna Raigal Pérez

Marta García Gutiérrez

Marta Cormenzana Diez

M.ª Ángeles Blanco Izquierdo

Colaboradores en la preparación final del texto

Almudena Jimeno Sanjuán

Cristian Fallas Alvarado (desde la Academia Costarricense de la Lengua) Han colaborado también Jaime Cordero Talavera, Juan Pedro Gabino García, M.ª José Gil Bonmatí, Diego Varela Villafranca, Lola Beccaria Cigüeña

Han prestado apoyo el Instituto de Lexicografía, la Biblioteca, el Servicio de Reprografía y el Departamento de Tecnología de la Real Academia Española SECRETARÍA DE GESTIÓN INTERACADÉMICA

Pilar Llull Martínez de Bedoya

JEFE DEL GABINETE DE LA DIRECCIÓN DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Y DE LA PRESIDENCIA DE LA ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA

COLABORADORES EN LAS ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Academia Mexicana de la Lengua

Norohella Huerta Flores

Academia Chilena de la Lengua

Claudio Garrido Sepúlveda • Ximena Lavín Orellana • Darío Rojas Gallardo Academia Peruana de la Lengua

Ana Gloria Arias Torre • M.ª del Carmen La Torre Cuadros • Isabel Cristina Wong Fupuy

Academia Guatemalteca de la Lengua

Mónica Denisse Aguirre Illescas • Miriam Antonia Dávila López • Verónica Mancilla Monterroso

Academia Costarricense de la Lengua

Cristian Fallas Alvarado

Academia Panameña de la Lengua

Fulvia Morales del Castillo • Tarahy Tinoco

Academia Paraguaya de la Lengua Española

Celia Beatriz Godoy • Mary Estela Peralta de Aguayo • Alberto Muñoz Aguirre •

Francisco Javier García Núñez

Academia Boliviana de la Lengua

Reina Doris Ayala Carrasco

Academia Nicaragüense de la Lengua

Hilda María Baltodano Reyes • Zobeyda Zamora Úbeda • Eneyda Morraz Arauz •

María Auxiliadora Rosales Solís

Academia Puertorriqueña de la Lengua Española

Maia Sherwood • Rebecca Arana • María Cristina Veliz • Rose Vázquez • Carla Mojica

TABULA GRATULATORIA

PATROCINIO

Inditex

COLABORACIONES

A lo largo del proceso de elaboración de la nueva edición de la Ortografía han prestado su apoyo numerosas instituciones y entidades, entre las que deben destacarse:

Gobierno de España

Gobierno de Chile

Gobierno de México (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes [CONACULTA]) Feria Internacional del Libro de Guadalajara

Fundación San Millán de la Cogolla

Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) Fundación Carolina

Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua

FUNDACIÓN PRO REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Ha recibido la obra el permanente apoyo económico de la Fundación pro Real Academia Española, que, junto con numerosos benefactores particulares, integran las instituciones y entidades siguientes:

Comunidad Autónoma de La Rioja

Comunidad Autónoma y Gobierno de las Islas Baleares

Comunidad de Madrid

Generalidad de Cataluña

Generalidad Valenciana

Gobierno Cántabro

Gobierno de Aragón

Gobierno de Canarias

Gobierno de Navarra

Ayuntamiento de Madrid

Ayuntamiento de Pamplona

Ayuntamiento de Zaragoza

Gobierno Vasco

Junta de Andalucía

Junta de Castilla y León

Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha

Junta de Extremadura

Junta de Galicia

Principado de Asturias

Región de Murcia

Cortes de Aragón

Cortes de Castilla y León

Diputación Provincial de Sevilla

ALSA • Arcelor Mittal España • Banco Bilbao Vizcaya Argentaria • Banco de España •

Bolsas y Mercados Españoles • Caixanova • Caja de Burgos • Caja de Jaén • Caja Duero • Caja Madrid • Caja Segovia • Cajacírculo • CECA • Círculo de Lectores •

Colegio de Abogados de Madrid • Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España • Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Centro y Canarias • Deloitte & Touche España • El Corte Inglés • Ernst & Young • Espasa Libros S. L. U. • Fomento de Construcciones y Contratas • Fundación Bancaja •

Fundación Caja de Badajoz • Fundación Cultural Banesto • Fundación Dinastía Vivanco • Fundación Endesa • Fundación Focus-Abengoa • Fundación Garrigues •

Fundación Germán Sánchez Ruipérez • Fundación Hidrocantábrico • Fundación Iberdrola • Fundación Mapfre • Fundación Marcelino Botín • Fundación Pedro Barrié de la Maza • Fundación Puig • Fundación Rafael del Pino • Fundación Santillana •

Grupo Mallorca • Grupo MGO • Grupo Prisa • Grupo Santander • Grupo SM •

Hermes Traducciones y Servicios Lingüísticos • Ibercaja • Iberia • IBM España •

Inditex • Inmobiliaria Río Vena • La Caixa • OHL • Promecal • Repsol YPF • Taravilla Impresiones • Telefónica • Universidad Complutense de Madrid • Universidad de Granada • Vocento • Word Works

La Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española quieren expresar su más sincera gratitud a todas las personas e instituciones que, con su ayuda material, han hecho posible la Ortografía de la lengua española

Presentación

1 La correcta escritura, el buen uso del léxico y el dominio de las reglas gramaticales constituyen los tres grandes ámbitos que regula la norma de una lengua. Por ello, los objetivos académicos, renovados constantemente a lo largo de los siglos, se han concentrado en tres publicaciones emblemáticas: la Ortografía, el Diccionario y la Gramática. La importancia otorgada al código ortográfico aparece ya en el Discurso proemial de la orthographía de la lengua castellana incluido en el primer tomo del Diccionario de autoridades (1726): «Una de las principales calidades, que no solo adornan, sino componen cualquier idioma, es la ortografía, porque sin ella no se puede comprender bien lo que se escribe, ni se puede percibir con la claridad conveniente lo que se quiere dar a entender».

En la actualidad, junto a la obligación de «establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección», la Real Academia Española se impone en sus Estatutos el objetivo prioritario de velar por la unidad del idioma, con el fin de que «los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de los hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico» (art. I). Este ideal de unidad ha inspirado la vocación panhispánica que preside las obras que se vienen publicando en los últimos años: la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005), la Nueva gramática de la lengua española (2009), el Manual de la Nueva gramática y el Diccionario de americanismos, obras todas ellas del trabajo mancomunado de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias.

2 La preparación de cualquiera de las obras académicas, ya sea la Ortografía, la Gramática o el Diccionario, se realiza bajo el signo de la renovación y de la perfección. Apenas presentada una obra, se abre una nueva agenda en cuya primera página figura como lema renovador que constituye el ideal de toda expedición científica la expresión latina plus ultra.

En 1999 vio la luz la última edición de la Ortografía de la lengua española, la primera que recibió el refrendo de todas las corporaciones que conforman la

Asociación de Academias de la Lengua Española y la primera que fue presentada antes en América que en España, en acto solemne y simbólico que tuvo lugar el 7 de septiembre de 1999, en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, la «Casa de Bello», tan ligada a los avatares de la ortografía hispánica. Era una obra breve, sencilla, clara y didáctica, que alcanzó gran difusión en el mundo hispánico y cumplió satisfactoriamente con los fines que perseguía.

En aras de la sencillez y la brevedad, la Ortografía de 1999 sacrificaba muchos detalles, casos concretos y problemas prácticos sobre la norma gráfica que asaltan de forma continua a los usuarios de la lengua. Tal carencia halló solución a través del servicio de consultas lingüísticas del Departamento de «Español al día» de la Real Academia Española. Diariamente se ha venido ofreciendo respuesta razonada a cientos de preguntas, desde las más teóricas hasta las más puntuales. Este proceder continuado ha incrementado progresivamente una rica base de datos que acumula de forma ordenada problemas y explicaciones sobre la norma lingüística, recopilación que, en su momento, fue fundamental en la elaboración del Diccionario panhispánico de dudas y que ahora constituye el arsenal básico para construir una nueva edición de la Ortografía más amplia, más detallada y minuciosa.

3 De acuerdo con el proceder habitual, el camino hacia la elaboración de la nueva edición de la Ortografía se inicia muy pronto y se halla jalonado por importantes acuerdos asumidos en congresos de la Asociación de Academias de la Lengua Española. En el de San Juan de Puerto Rico (2002) se decidió revisar la edición de 1999. Comenzó entonces un proceso de examen de ese texto por parte de todas las academias, complementado con el estudio de las reseñas y comentarios de autores particulares, que culminó en la ponencia que, por encargo de la presidencia de la Asociación de Academias, presentó el director de la Academia Chilena de la Lengua, don Alfredo Matus Olivier, en el XIII Congreso de la Asociación (Medellín

[Colombia], 2007). Tal documento, que recogía las conclusiones del minucioso análisis del texto de 1999 y establecía las directrices fundamentales de la nueva edición, fue aprobado en sesión plenaria del congreso y ratificado posteriormente en su desarrollo práctico por el pleno de directores y presidentes de las academias durante una reunión celebrada en Madrid en noviembre de 2007. Entre sus líneas básicas destacan las siguientes:

a) Las academias consideran necesaria una revisión de la Ortografía, pero se descarta la idea de una reforma ortográfica exhaustiva.

b) Es conveniente eliminar, dentro de lo razonable, la opcionalidad abierta por las llamadas normas potestativas.

c) Es necesario vigilar su coherencia con otras obras académicas.

Se acuerda entonces encargar al Departamento de «Español al día» de la Real Academia Española la preparación de los borradores de la nueva edición de la Ortografía y constituir la Comisión Interacadémica coordinadora de las tareas. Todos los materiales han sido exhaustivamente revisados por las academias, cuyas observaciones están incorporadas al texto. La Comisión Interacadémica se ha reunido en dos ocasiones para debatir las cuestiones más controvertidas y alcanzar un consenso: primero en Santiago y Valparaíso (Chile), durante los difíciles días del terremoto que asoló el país (del 27 de febrero al 2 de marzo de 2010), y después en San Millán de la Cogolla (España), del 1 al 4 de noviembre del mismo año.

Finalmente, el texto básico de la obra fue aprobado por el pleno de los directores y presidentes de las academias reunido en Guadalajara (México) en el marco del homenaje que la Feria Internacional del Libro rindió a la lengua española (28 de noviembre de 2010).

Siguiendo el modelo de la Nueva gramática, fundado en la tradición académica, la nueva edición de la Ortografía de la lengua española se presentará en dos versiones: una de referencia, amplia y razonada, y otra más reducida, esencial y manejable.

4 La redacción de la nueva edición de la Ortografía se realiza desde una perspectiva teórica y aplicada que considera que esta disciplina, como señalaba don Alfredo Matus en la ponencia citada, «no es una cuestión menor» en el funcionamiento de una lengua de cultura. Para la gramática tradicional constituía una de las cuatro disciplinas básicas (morfología, sintaxis, prosodia y ortografía). Sin embargo, los movimientos iniciados a principios del siglo pasado otorgaron preeminencia merecida al lenguaje oral, relegando las disciplinas de la escritura a una posición secundaria. Como consecuencia, la ortografía pasó a convertirse en un apéndice marginal que sobrevivía invariable en el ámbito docente.

La disciplina ortográfica es afrontada aquí desde una perspectiva distinta. Se presenta como un conjunto de sistemas convencionales de representación gráfica que, aun hallándose en relación estrecha con los sistemas de la lengua oral, poseen autonomía.

Así se observa en diferentes ámbitos. La diacronía de la lengua y la evolución de

los sistemas ortográficos, por ejemplo, no siguen vías paralelas. Por otra parte, el aprendizaje de la ortografía se relaciona con procesos psicolingüísticos y neurológicos propios, y da lugar a rutas que activan capacidades específicas, que se encuentran con dificultades singulares y generan problemas no compartidos. En otro orden de cosas, la ortografía se ha convertido en un valor social de la mayor importancia.

Por último, la ortografía representa el pilar fundamental de la unidad de la lengua.

Mientras los demás planos lingüísticos (fonología, morfología, sintaxis y léxico) se hallan sujetos a los parámetros de variación (geográfica, social, cultural, situacional), la ortografía es un código uniforme en el que todas las variables se diluyen. Aunque su pronunciación sea distinta, una misma representación gráfica unifica la voz literaria de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Miguel Delibes. Su unidad y su vocación de permanencia convierten a la ortografía en un factor de unidad y de contención frente a una evolución descontrolada del idioma.

5 Esta edición de la Ortografía de la lengua española presenta unos caracteres que la hacen más sólida, exhaustiva, razonada y moderna.

5.1 Es una ortografía coherente, exhaustiva y simple, pues se propone seguir las exigencias metodológicas del principio empírico que rige en todas las disciplinas científicas. Con coherencia interna, para evitar la existencia tanto de normas vagas, imprecisas o ambiguas como de preceptos contradictorios; y con coherencia externa, pues la obra se propone ser congruente con el resto de las obras académicas.

La nueva edición de la Ortografía presenta también un grado de exhaustividad y de explicitud mucho más elevado que la edición de 1999. Con ello pretende solucionar muchos problemas concretos, que en algunos apartados presentan una casuística muy fina y detallada. Tal minuciosidad descriptiva es una de las causas que aumentan la extensión de la obra.

Por último, la obra evita en lo posible tecnicismos y expresiones de difícil comprensión, de tal manera que pueda ser seguida por cualquier hablante alfabetizado.

5.2 Es una ortografía razonada. Los tratados tradicionales estaban concebidos para ser aplicados directamente a los grados más elementales de la enseñanza. De ahí que su contenido se redujera a un magro conjunto de reglas y de normas orientadoras para el uso de los elementos constitutivos de los diferentes subsistemas (letras, acentuación gráfica, puntuación, mayúsculas y minúsculas, abreviaturas…). Su brevedad eludía el

trasfondo teórico en que se apoya la disciplina. La nueva obra académica se presenta como ortografía razonada por cuanto reflexiona sobre sus fundamentos, sobre su ámbito y campo de aplicación, sobre su naturaleza de convención gráfica, sobre sus relaciones con otras disciplinas lingüísticas, sobre su autonomía, sobre sus principios, sobre los ideales que persigue, sobre las causas de su evolución, sobre las reformas, etc.

5.3 Es una ortografía didáctica. En la presentación de sus reglas sigue prioritariamente el orden de la codificación (desde el fonema a la letra), que es el proceso en el que sobrevienen las dificultades de escritura y se producen los errores ortográficos.

5.4 Y por último, su rasgo más relevante: es una ortografía panhispánica, resultado de la voluntad común y del trabajo conjunto de las veintidós academias que integran la Asociación de Academias de la Lengua Española. Aunque las normas son comunes a todo el ámbito hispánico, la ejemplificación procura recoger muestras de los distintos países. Es una obra que ha sido concebida y realizada desde la unidad y para la unidad.

Información preliminar

1 El objetivo de esta nueva edición de la Ortografía es describir el sistema ortográfico de la lengua española y realizar una exposición pormenorizada de las normas que rigen su correcta escritura en la actualidad. Para ello se ha estructurado la obra en dos partes principales, a las que se han añadido una introducción y varios apéndices: La INTRODUCCIÓN presenta el marco histórico en el que debe situarse el fenómeno de la escritura y explica el origen y evolución de los sistemas ortográficos, en especial el español, así como los criterios que sirven de referencia para la fijación de sus normas.

La PRIMERA PARTE se dedica a la exposición de los principios y normas generales del sistema ortográfico. Consta de cinco capítulos, en los que se describe el uso preceptivo de sus constituyentes fundamentales (las letras o grafemas, la tilde, los signos de puntuación y auxiliares, las letras mayúsculas y minúsculas), además de las pautas que rigen la representación gráfica de las unidades léxicas (incluidas sus abreviaciones), con atención especial a los problemas de unión y separación de palabras en la escritura.

La SEGUNDA PARTE se ocupa de explicar el tratamiento ortográfico que debe darse a determinadas palabras o expresiones que plantean dificultades específicas.

Contiene tres capítulos, que se dedican, respectivamente, a la ortografía de las expresiones procedentes de otras lenguas (extranjerismos y latinismos), a la ortografía de los nombres propios (antropónimos y topónimos) y a la ortografía de las expresiones numéricas.

Completan el cuerpo de la obra cuatro APÉNDICES, con el siguiente contenido:

—Apéndice 1: Lista de abreviaturas

—Apéndice 2: Lista de símbolos alfabetizables

—Apéndice 3: Lista de símbolos no alfabetizables

—Apéndice 4: Lista de países y capitales, con sus gentilicios

La obra se cierra con la NÓMINA DE TEXTOS CITADOS.

2 Aun con el nivel de profundidad de una obra que pretende ser una presentación razonada de las normas —y no una mera enumeración de convenciones inconexas—, no se ignora el propósito divulgativo que debe presidir la ortografía académica. Por ello, la información que contiene se presenta en tres niveles, que responden a contenidos de naturaleza diversa:

Texto base. Vehicula la exposición general de la doctrina ortográfica.

Información adicional. Contiene aclaraciones de carácter terminológico o ampliaciones de tipo histórico o teórico sobre determinados aspectos de la exposición general. No es información imprescindible, pero sí útil y complementaria a la del texto base. Los contenidos presentados como información adicional aparecen aislados del resto del texto por dos líneas horizontales paralelas.

Advertencias. Las advertencias son notas, por lo común de carácter normativo, que llaman la atención sobre cuestiones que los hablantes deben tener especialmente en cuenta para aclarar dudas o evitar incorrecciones frecuentes. El texto de las advertencias se inserta en recuadros.

3 Con el mismo propósito divulgativo, se ha atendido en la redacción del texto al criterio general de limitar, en la medida de lo posible, el uso de tecnicismos lingüísticos excesivamente especializados. No obstante, cuando no se ha podido evitar la alusión a términos o conceptos propios de la materia ortográfica o de las disciplinas lingüísticas con ella relacionadas (como la fonología, la morfología y la sintaxis), estos aparecen convenientemente explicados en la obra, bien en el texto base, bien como información adicional. Así pues, la Ortografía presenta sus contenidos de forma autosuficiente, de manera que el lector pueda encontrar en ella toda la información que necesita para entender las explicaciones que se le ofrecen.

4 En esta obra se exponen las normas ortográficas que rigen la escritura de las formas vigentes en el uso, aunque con frecuencia se recurra a la historia para justificar grafías actuales. No se han tenido en cuenta, a la hora de exponer las reglas ortográficas, las voces desusadas, anticuadas o restringidas en el uso actual a un ámbito geográfico

menor, aunque figuren en el Diccionario de la lengua española ( DRAE). Asimismo, con el fin de aligerar el texto, no suelen mencionarse las formas flexivas de una misma palabra ni las formas derivadas o compuestas que presentan idéntica solución gráfica que la palabra a partir de la cual se originan. El lector debe entender que, cuando se hace referencia a una palabra y sus derivados, por ejemplo, se está ofreciendo información que afecta a toda la familia léxica.

5 No son objeto de tratamiento en esta obra cuestiones relativas a la ortología, disciplina encargada de establecer las normas que regulan la pronunciación culta de las unidades lingüísticas, puesto que sus cánones varían, en muchos casos, según las distintas áreas del ámbito hispánico. Consecuentemente, no se comentan los problemas ortográficos derivados de realizaciones fonéticas particulares asociadas a pronunciaciones dialectales o vulgares, que pueden inducir, en ocasiones, grafías erróneas ( rez en lugar de red, mardito en lugar de maldito, etc.).

6 Los bancos de datos de la Real Academia Española han sido una fuente esencial para los trabajos de la ortografía: no solo para completar el inventario de unidades léxicas ofrecidas por el DRAE —lo que se hace imprescindible, por ejemplo, en el tratamiento de los nombres propios, que no figuran en los diccionarios generales—, sino como fuente de documentación de los usos escritos que deben ser objeto de comentario en una obra ortográfica, bien como modelos de corrección, bien por constituir usos erróneos o desaconsejados que deben atajarse. La mayor parte de los ejemplos que ilustran las normas y recomendaciones son citas extraídas de libros y publicaciones periódicas americanas y españolas que forman parte del Corpus de Referencia del Español Actual (CREA). Ocasionalmente, se han citado también textos procedentes del Corpus Diacrónico del Español (CORDE) y obras no incluidas en los Corpus, así como ediciones digitales de los principales diarios españoles e hispanoamericanos. Las citas se insertan siempre entrecomilladas, en letra cursiva cuando aparecen integradas en el texto y en redonda si van aisladas en un párrafo.

Los datos básicos de procedencia de la cita se presentan de modo sintético. Así, el autor se cita por su primer apellido, excepto cuando se estima conveniente mencionar también el segundo: MtnGaite (por Carmen Martín Gaite), VLlosa (por Mario Vargas Llosa). Tras la mención del autor sigue en cursiva la del título de la obra, que se reduce normalmente a una sola palabra, la primera significativa del título completo: GaMárquez Años (cita de Cien años de soledad). A continuación se indican entre corchetes otros datos de interés, como el país de origen del autor (generalmente en

abreviatura) y el año de composición de la obra: GaMárquez Años [Col. 1967]. Solo se indica la localización del texto —tomo, página, etc.— cuando la cita se ha extraído de alguna obra no incluida en los corpus académicos. Cuando se citan ejemplos de prensa, los datos de localización se consignan del modo siguiente: nombre abreviado de la publicación en cursiva, seguido del país de edición entre corchetes y, por último, los números que indican el ejemplar citado: País [Esp.] 3.5.2000 (cita del diario español El País, del día 3 de mayo de 2000). Las citas extraídas de Internet llevan el símbolo @ tras el nombre de la publicación.

7 También se ha recurrido a la utilización de ejemplos inventados, buscando el adecuado equilibrio entre la mayor calidad que aportan a la obra las citas de textos reales y la claridad que debe imperar a la hora de ilustrar los usos expuestos en las distintas normas, para lo que a veces resultan más prácticos los ejemplos inventados.

Frente a los ejemplos reales, los inventados no se encierran entre comillas y se escriben siempre en cursiva, vayan exentos o integrados en el párrafo. Únicamente cuando se exponen reglas relativas al uso de la cursiva se presentan los ejemplos inventados en redonda, en ese caso siempre en párrafo aparte.

8 Se antepone el símbolo a los ejemplos que ilustran formas y usos incorrectos o desaconsejados ( preveer,

[téksas]); el símbolo * indica, en cambio,

agramaticalidad, esto es, inadecuación al sistema de la lengua (* Se presentó con un aspecto). Por otra parte, se han utilizado en las citas y ejemplos diferentes tipos de resalte, como la versalita o el subrayado, para ayudar al lector a identificar los segmentos a los que se alude en la explicación. El sentido o valor de los resaltes, cuando no es obvio, se aclara dentro del propio texto.

9 En un ortografía como esta resulta ineludible hacer referencia al sistema fonológico de la lengua cuya representación escrita se pretende describir y regular. La voluntad de prescindir de tecnicismos no estrictamente necesarios se ha concretado también en el modo de representar los fonemas del español: no se ha recurrido al sistema de símbolos de transcripción fonológica empleados hoy por los lingüistas —los del alfabeto fonético internacional (AFI)—, dada la poca o nula familiaridad que tienen con ellos la gran mayoría de los destinatarios de esta obra y a su choque frontal con el propósito didáctico y divulgativo declarado. Por esta razón, para representar los diferentes fonemas se usan las propias letras del alfabeto, lo que permite una comprensión intuitiva e inmediata por parte del lector no especializado de las unidades

fónicas a las que se alude.

No obstante, se ofrece a continuación la tabla de correspondencias entre los signos empleados en está ortografía y los símbolos del alfabeto fonético internacional, así como los correspondientes a la Revista de Filología Española ( RFE), usados en la tradición hispánica durante décadas.

SÍMBOLOS USADOS PARA REPRESENTAR LOS FONEMAS DEL ESPAÑOL

En algunos casos (extranjerismos, pronunciaciones dialectales, usos históricos, etc.), ha sido necesario representar algunos fonemas que no pertenecen al sistema fonológico español, para lo cual se han utilizado los signos siguientes:

SÍMBOLOS USADOS PARA REPRESENTAR LOS FONEMAS NO PERTENECIENTES AL

ACTUAL SISTEMA FONOLÓGICO DEL ESPAÑOL

10 Se han empleado las barras en la representación de los fonemas, mientras que la pronunciación concreta de palabras o expresiones se representa entre corchetes.

Dentro de los corchetes de pronunciación se señala siempre con una tilde la vocal tónica, aunque a la palabra cuya pronunciación se representa no le corresponda llevar acento gráfico según las reglas de acentuación: [kása] por casa; [gérra] por guerra;

[jinéta] por gineta; [sapáto, zapáto] por zapato. Como se ve en el último ejemplo, se indica siempre, y en primer lugar, la pronunciación seseante, por ser la mayoritaria en el conjunto de los países hispanohablantes.

Abreviaturas y signos utilizados en esta obra

ABREVIATURAS

al.

alemán

Am. [1]

América

And.

Andalucía

ant.

antiguo -gua

ár.

árabe

Arg.

Argentina

Bol.

Bolivia

Can.

Canarias

cap.

capital || capítulo

cast.

castellano

cat.

catalán

Centroam.

Centroamérica

cf.

confróntese

Col.

Colombia

C. Rica

Costa Rica

Ec.

Ecuador

EE. UU.

Estados Unidos

El Salv.

El Salvador

esp.

español

Esp.

España

esp. med.

español medieval

eusk.

euskera

fem.

femenino

Filol.

filología

fr.

francés

gall.

gallego

gent.

Gentilicio

gr.

Griego

Guat.

Guatemala

hebr.

hebreo

hip.

hiporístico

Hond.

Honduras

ingl.

inglés

it.

italiano

lat.

latín

lat. cient.

latín científico

Ling.

lingüística

loc. lat.

Locución latina

Mat.

Metemáticas

Méx.

México

Mús.

Música

neer.

neerlandés

Nic.

Nicaragua

Pan.

Panamá

Par.

Paraguay

pl.

plural

port.

portugués

P. Rico

Puerto Rico

pron.

pronunciación

R. Dom.

República Dominicana

Ur.

Uruguay

v.

véase

Ven.

Venezuela

VV. AA.

varios autores

SIGNOS

Precede a formas consideradas incorrectas o desaconsejables, y a los ejemplos que ilustran usos no aceptados en la norma culta.

*

Precede a formas hipotéticas o reconstruidas de una palabra. || Se antepone también a las construcciones agramaticales.

/ /

Enmarcan fonemas.

Enmarcan la pronunciación de palabras o expresiones. || En las definiciones, cuando se estima conveniente, aíslan algunos elementos del

[ ]

contorno, como el sustantivo al que se aplica normalmente un adjetivo. || En las citas, encierran las correcciones o interpolaciones realizadas sobre el texto original.

[…] Indica, en medio de una cita, que se ha suprimido un fragmento del texto original.

|

Indica pausa y separa grupos fónicos.

·

Señala la frontera entre dos sílabas.

ˉ

Escrito sobre una vocal, indica que esta es larga.

˘

Escrito sobre una vocal, indica que esta es breve.

> o Indica la dirección de un proceso, sea sincrónico o diacrónico.

<

‘ ’

Enmarca las definiciones.

/

Separa alternativas. || Representa el fin de línea o renglón.

@

Se pospone al nombre abreviado de una publicación periódica para indicar que la cita se ha extraído de su edición electrónica.

Información adicional incluida en el apéndice 1.

Introducción

1

LA REPRESENTACIÓN GRÁFICA DEL LENGUAJE

1.1 DE LA ORALIDAD A LA ESCRITURA

Las lenguas son sistemas o códigos de representación y de comunicación esencialmente orales. Se generan en una facultad, el lenguaje, que nos diferencia de los animales y que es común a todos los seres humanos. La facultad del lenguaje es resultado de un lento proceso evolutivo de miles de siglos, que ha desarrollado tanto los sistemas anatómicos de fonación que intervienen en la articulación de los sonidos como las áreas cerebrales que sustentan los complejos procesos simbólicos y comunicativos. Dicha base neurológica posibilita otro de los fenómenos que más ha llamado la atención de los observadores: la facilidad, la rapidez y la seguridad con la que todo niño, cualquiera que sea su origen y su nivel de inteligencia, adquiere la lengua hablada de su grupo, su lengua materna, durante los primeros años de vida.

La escritura, por su parte, es un sistema simbólico y comunicativo de naturaleza gráfica, que tiene por objeto representar sobre soporte estable los mensajes y los textos. Nace como un código subsidiario de la lengua hablada, es mucho más tardía en la historia de la humanidad y no surge como resultado de una evolución de la especie.

Mientras el habla es una capacidad innata y universal en el ser humano, la comunicación escrita es un fenómeno cultural, restringido. De hecho, solo unas cuantas de las muchas lenguas que se han hablado y se hablan en el mundo cuentan con escritura. El niño no la adquiere de forma espontánea en sus primeros años de vida, sino como fruto de un proceso posterior de instrucción específica. Todas las personas que no sufren discapacidades para el lenguaje pueden hablar; sin embargo, solo llegan a leer y a escribir quienes han superado un proceso de alfabetización.

Durante los miles de años en que la humanidad vivió sin escritura, las diferentes

sociedades confiaron la conservación de su acervo cultural (historia, creencias, leyes, tradiciones, conocimientos, etc.) a la memoria individual y colectiva. Este caudal de información se transmitía de forma oral, de generación en generación, a través de personas especialmente dotadas para ese fin, con la ayuda de recursos como el canto, la poesía o los variados sistemas de representación pictórico-simbólica existentes en casi todas las culturas.

Este es todavía hoy el modo de transmisión de los saberes relevantes para la comunidad en los pueblos que utilizan lenguas carentes de escritura.

Pero la lengua oral, nacida para resolver las necesidades de la comunicación directa entre los individuos de grupos sociales reducidos, presenta limitaciones que se hacen más patentes a medida que las sociedades crecen y se tornan más complejas en su organización social, económica y político-administrativa. Por un lado, la memoria humana es limitada, frágil e incapaz de almacenar con plena exactitud grandes volúmenes de información. Por otro, la comunicación hablada exige la presencia cercana y simultánea de los interlocutores. Surge así la necesidad de contar con un sistema más potente y eficaz para conservar y transmitir la información, que permita superar tanto las limitaciones de la memoria como las restricciones espaciotemporales de la comunicación oral. Este sistema es la escritura: su capacidad de almacenamiento es, en principio, ilimitada, posibilita la comunicación a distancia y permite que lo escrito se conserve y perdure, haciendo viable su transmisión literal y sin intermediarios.

La aparición de la escritura supuso un cambio fundamental en el devenir del género humano, hasta el punto de constituir el hito que marca tradicionalmente el límite entre la prehistoria y la historia. La escritura ofrece un soporte objetivo, constante y estable a toda la cultura adquirida, desde los textos sagrados y jurídicos hasta los científicos y literarios. Al permitir la reflexión crítica sobre lo escrito, abrió la puerta al pensamiento filosófico y científico, sentando con ello las bases del progreso.

La posibilidad de acceso de todas las clases sociales a la alfabetización ha supuesto una de las grandes revoluciones culturales del mundo moderno, pues la lectura y la escritura han sido siempre la base de la enseñanza y la puerta de la educación, de la formación y, en consecuencia, de la libertad y del desarrollo individual y social del hombre.

1.2 TIPOS BÁSICOS DE ESCRITURA

La escritura es un sistema de comunicación humana que traduce a términos visuales, mediante signos gráficos convencionales dispuestos secuencialmente, los signos vocales que se emiten de forma sucesiva al hablar. Existen tres sistemas básicos de escritura, según sea el elemento lingüístico tomado como base para la representación escrita: el ideográfico, el silábico y el alfabético.

En la escritura ideográfica, los signos gráficos, denominados generalmente ideogramas, representan de forma estilizada y esquemática las ideas o conceptos de que son portadoras las palabras o las raíces léxicas. La base de este sistema consiste en representar de forma directa el significado de los signos lingüísticos, con independencia de su pronunciación, de su articulación en el habla. La gran ventaja de este tipo de escritura es su estabilidad frente a los cambios que, en el plano fónico, experimentan todas las lenguas en el curso de su evolución y el hecho de que puede ser utilizado por hablantes de variedades dialectales oralmente muy alejadas entre sí.

La desventaja más evidente es el gran número de signos gráficos que es necesario manejar y el enorme esfuerzo que supone su aprendizaje. Aunque no existe ninguna lengua que utilice un sistema ideográfico puro de escritura, ya que todas cuentan, en mayor o menor medida, con elementos gráficos que representan sonidos, la china es el mejor ejemplo actual de escritura de base ideográfica. Asimismo, en lenguas que utilizan sistemas no ideográficos de escritura, hay siempre elementos —como los símbolos, entre los que cabe incluir las cifras numéricas— que constituyen, en cierto modo, ideogramas, ya que representan directamente los conceptos, no las palabras con que estos se expresan en cada lengua, hecho que posibilita su uso interlingüístico.

En los otros dos tipos básicos de escritura, la silábica y la alfabética, los signos gráficos traducen visualmente no ya el significado, sino el sonido del signo lingüístico. Lo que diferencia ambos sistemas es la unidad que toman como base de la representación.

En la escritura silábica, cada signo gráfico representa una sílaba diferente de la cadena hablada. Los silábicos son, históricamente, los primeros sistemas de escritura basados de manera exclusiva en el componente fónico del lenguaje, ya que la sílaba, al estar formada por el sonido o grupo de sonidos que se emiten en cada golpe de voz, constituye una unidad sonora natural, reconocible de modo intuitivo por todos los hablantes. Al ser menor el número de sílabas de una lengua que el número de sus palabras, la cantidad de signos gráficos distintos es muy inferior en los sistemas silábicos en comparación con los ideográficos (estos últimos pueden llegar a constar de varios miles de signos). En la actualidad, existen aún varias lenguas que total o parcialmente utilizan silabarios para su representación escrita, como el amárico, lengua

oficial de Etiopía, o el japonés, que utiliza un sistema mixto de tipo ideográfico-silábico.

En la escritura alfabética, los signos gráficos representan cada uno de los sonidos distintivos mínimos —denominados técnicamente fonemas— con los que se articula la lengua oral. Este sistema supone un gran avance con respecto a la escritura silábica, ya que, al disociar los componentes vocálicos y consonánticos de las sílabas, y representarlos por separado, permite reducir al mínimo el número de signos gráficos diferentes necesarios para transcribir cualquier secuencia fónica. Su aprendizaje exige mucho menos esfuerzo, lo que explica que la mayoría de las lenguas actuales utilicen sistemas alfabéticos de escritura. Entre las escrituras alfabéticas existe un grupo especial, característico de lenguas semíticas como el árabe o el hebreo, donde la representación gráfica es básicamente consonántica. Tal particularidad responde a la peculiar estructura de estas lenguas, en las que el número de vocales es muy reducido y donde cada una de las raíces léxicas portadoras del significado común a todas las palabras de la misma familia está casi siempre formada por una secuencia de fonemas exclusivamente consonánticos (los fonemas vocálicos solo se transcriben en determinadas circunstancias y, en su mayor parte, deben deducirse de la propia estructura gráfica de la palabra y del contexto).

Estos tres tipos básicos de representación gráfica del lenguaje caracterizan asimismo las principales fases evolutivas de la historia de la escritura. Los primeros sistemas tuvieron una base ideográfica, a la que se fueron sumando pronto elementos de referencia fónica, como sucede en las escrituras mesopotámicas cuneiformes (así llamadas por la forma de cuña de sus caracteres) o en la escritura egipcia. En etapas posteriores fueron surgiendo, fundamentalmente en el área del Mediterráneo oriental y en el Oriente Próximo, sistemas de representación gráfica de base ya únicamente fónica, primero de tipo silábico y después alfabético, tras un lento proceso de individualización de los sonidos consonánticos y vocálicos presentes en las sílabas.

1.3 LOS ORÍGENES DE LA ESCRITURA ALFABÉTICA

Todos los sistemas alfabéticos de escritura derivan, en última instancia, de un mismo modelo, surgido durante el segundo milenio antes de Cristo en el Oriente Próximo, representado por un grupo de alfabetos muy similares que se utilizaron para escribir diversas lenguas semíticas occidentales; de ahí que este modelo primigenio suela recibir la denominación singular de alfabeto semítico. Este alfabeto constaba

únicamente de signos para representar fonemas consonánticos, característica que responde a la peculiar estructura, antes comentada, de las lenguas de la rama semítica.

Por el decisivo papel que desempeñó en el desarrollo de escrituras alfabéticas posteriores, la variante más importante del alfabeto consonántico semítico fue la usada por los fenicios, quienes, desde sus asentamientos originarios en la costa del actual Líbano, se extendieron a lo largo del primer milenio antes de Cristo por todo el litoral mediterráneo. En el alfabeto fenicio, compuesto por veintidós signos que representaban otros tantos fonemas consonánticos, está el origen de los principales alfabetos actuales: el alfabeto griego —del que derivan, a su vez, el latino y el cirílico

— es una adaptación directa del fenicio, y los alfabetos del hebreo y del árabe derivan de la antigua escritura aramea, también descendiente de la fenicia.

Fueron los griegos quienes, al adaptar a su lengua la variante fenicia del alfabeto semítico, crearon entre los siglos X y VIII a. C. el primer sistema completo de escritura alfabética, en el que se representan no solamente los fonemas consonánticos, sino también los vocálicos. En griego, lengua perteneciente a la familia indoeuropea, muy distinta de la semítica, el número de vocales es mayor y su papel en la sílaba y en la palabra es más relevante que en las lenguas semíticas. Por eso, para los griegos era esencial contar con signos que transcribieran también las vocales. Así, adaptaron el alfabeto fenicio adjudicando valor vocálico a signos que en fenicio representaban fonemas consonánticos inexistentes en griego y crearon, además, unos cuantos signos nuevos para representar algunos fonemas o secuencias de fonemas propios. Los griegos mantuvieron en su alfabeto el mismo orden que tenían los signos en el alfabeto fenicio, añadiendo al final de la serie sus nuevas creaciones, y adaptaron a su lengua los nombres fenicios de las letras. Tomaron, además, otra decisión de gran relevancia en lo que a la dirección de la escritura se refiere: tras un periodo primitivo en el que conviven el trazado de derecha a izquierda —propio de la escritura fenicia y que se mantiene hoy en lenguas semíticas como el árabe o el hebreo—, de izquierda a derecha y de orientación alterna o bustrófedon (es decir, como aran los bueyes los campos: un renglón en un sentido y el siguiente en sentido contrario), acabaron escribiendo de izquierda a derecha, solución ya asentada en el periodo clásico. La adopción de este sentido originó cambios en la disposición de varias letras, que invirtieron su perfil con respecto a sus modelos fenicios.

Tras la adaptación inicial, surgieron en distintos lugares del mundo griego antiguo variantes locales del alfabeto, que pueden clasificarse en dos grandes grupos, según el área geográfica en que se localizan: oriental y occidental. Una de las variantes orientales, la jónica, usada en las ciudades griegas de las costas del Asia Menor

(península de Anatolia) y en las islas adyacentes, acabó imponiéndose al resto y extendiéndose a toda Grecia en el siglo IV a. C., siendo la que conforma el alfabeto griego clásico que conocemos hoy y del que desciende el alfabeto cirílico usado en ruso y otras lenguas eslavas. La variante occidental, desplazada por la oriental para la escritura del griego, ha tenido, sin embargo, gran importancia en la evolución posterior de la escritura alfabética, ya que en ella tiene su base el alfabeto etrusco, fuente, a su vez, del alfabeto latino, el más extendido en la actualidad (en él se escriben, por ejemplo, todas las lenguas románicas —entre ellas, el español—, las germánicas y una parte de las eslavas).

1.4 RELACIONES ENTRE EL CÓDIGO ORAL Y EL CÓDIGO ESCRITO

A partir de la invención de la escritura, la comunicación lingüística se sirve de dos códigos, que se manifiestan en dos modalidades diferentes, según el medio y el canal utilizados para la transmisión de los mensajes: la modalidad oral y la modalidad escrita. En la modalidad oral se emplean elementos fónicos, que se transmiten por el aire en forma de ondas sonoras perceptibles acústicamente por el receptor, denominado oyente. En la modalidad escrita, en cambio, se emplean elementos gráficos, que, plasmados sobre un determinado soporte material, son percibidos visualmente por el receptor, que adquiere la condición de lector.

Aunque la escritura nace como técnica para representar gráficamente el lenguaje, no es un simple método de transcripción de la lengua hablada. Si exceptuamos cierto tipo de escritos destinados a reproducir lo que se ha dicho (como las actas de las sesiones parlamentarias) o lo que se ha de decir (como los diálogos de las obras teatrales o de los guiones cinematográficos), la comunicación escrita se configura como un código en cierto modo autónomo, con características y recursos propios, y funciones específicas distintas, aunque complementarias, de las correspondientes a la comunicación oral.

Ambos códigos, oral y escrito, son interdependientes en la medida en que los dos construyen sus mensajes con arreglo a un mismo sistema, el sistema lingüístico, y entre ellos existen evidentes interrelaciones e influencias mutuas; pero su autonomía se hace asimismo patente en el hecho de que muchos de los elementos acústicamente perceptibles en la comunicación oral carecen de reflejo gráfico en la escritura, como la intensidad del sonido, la velocidad de emisión, los cambios de ritmo, los silencios, las inflexiones expresivas de sentimientos o actitudes del hablante (ironía, reproche,

irritación, etc.). Y, a la inversa, existen recursos propios de muchos sistemas de escritura, como la separación de palabras mediante espacios en blanco, la división en párrafos, la oposición entre la forma minúscula y mayúscula de las letras, los entrecomillados, etc., que no tienen correlato acústico. Así pues, no todos los rasgos fónicos de la comunicación oral se corresponden con elementos gráficos en la comunicación escrita y, a su vez, esta posee recursos que le son propios y que no tienen necesariamente reflejo en el plano oral.

Se escribe para la lectura, actividad que desde hace ya varios siglos se realiza de manera individual y silenciosa, y la mayoría de los textos escritos han sido concebidos y realizados directamente como tales, lo que les otorga una configuración formal específica, fijada por la tradición y regulada por convenciones ortográficas y ortotipográficas.

1.5 CONSTITUYENTES DE LOS SISTEMAS DE ESCRITURA

Los constituyentes básicos de todo sistema de escritura son los grafemas, entendiendo por tales las unidades gráficas mínimas, sucesivas, indivisibles y distintivas de las que se sirve la escritura de una lengua. Los grafemas representan linealmente en el espacio la secuencia temporal de los constituyentes fónicos del habla. En las lenguas de escritura alfabética, son los encargados de representar gráficamente los fonemas o sonidos mínimos distintivos que se articulan al hablar.

A partir de estos elementos primarios, los grafemas —que vienen a coincidir con lo que llamamos letras en el habla común—, los diferentes sistemas de escritura han ido incorporando, de forma más o menos paulatina, otros recursos gráficos, presentes de manera desigual en las distintas lenguas. La mayoría de estos recursos gráficos adicionales se engloban bajo la denominación genérica de signos ortográficos. Entre ellos se encuentran los signos diacríticos —llamados así porque confieren un valor especial al grafema al que afectan—, así como los signos de puntuación y los denominados signos auxiliares. Otro de estos recursos es, aunque pueda resultar paradójico, la ausencia de todo signo, esto es, el empleo del espacio en blanco para delimitar unidades de información: palabras, enunciados, párrafos, etc. También son recursos específicamente gráficos el uso distintivo de la formas minúscula y mayúscula de las letras en aquellas escrituras que las distinguen, así como las abreviaciones y los símbolos, incluidos los números. Por último, la invención de los tipos de imprenta y la utilización, hoy prácticamente general, de medios mecánicos de

escritura han incrementado de forma notable el catálogo de recursos gráficos de los que dispone la lengua escrita, en especial en lo relativo al uso funcional de las distintas clases de letra (redonda, cursiva, negrita, etc.).

Todos estos elementos cumplen variadas funciones dentro del sistema de representación gráfica del lenguaje: reflejar rasgos fónicos distintivos (por ejemplo, y según las lenguas, el acento prosódico o el timbre vocálico), delimitar las unidades de sentido y dar cuenta de la estructura interna de los enunciados para garantizar su correcta interpretación, indicar las modalidades oracionales básicas (enunciativa, interrogativa y exclamativa), señalar el carácter especial de determinados elementos o fragmentos del discurso, estructurar el texto y jerarquizar sus partes, o ahorrar tiempo y espacio a la hora de escribir.

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LA ORTOGRAFÍA

2.1 UN CONJUNTO DE NORMAS Y UNA DISCIPLINA LINGÜÍSTICA

Como todo código de comunicación, la escritura está constituida no solo por el conjunto de signos convencionales establecidos para representar gráficamente el lenguaje, sino por las normas que determinan cuándo y cómo debe utilizarse cada uno de ellos. Este conjunto de normas que regulan la correcta escritura de una lengua constituye lo que llamamos ortografía, palabra de origen griego que etimológicamente significa ‘recta escritura’ (del lat. orthographĭa, y este del gr. ỏρθογραφία, de ỏρθο-

‘recto’ + -γραφία ‘escritura’).

El término ortografía designa asimismo la disciplina lingüística de carácter aplicado que se ocupa de describir y explicar cuáles son los elementos constitutivos de la escritura de una lengua y las convenciones normativas de su uso en cada caso, así como los principios y criterios que guían tanto la fijación de las reglas como sus modificaciones. La ortografía posee una dimensión eminentemente sincrónica, pues se centra en la descripción del sistema de convenciones ortográficas vigentes, pero puede adoptar también, como toda disciplina, una orientación diacrónica, cuando se ocupa de analizar cómo han ido evolucionando históricamente esas convenciones.

La disciplina ortográfica guarda relación con otras materias que tienen también que ver con la representación gráfica del lenguaje, como la paleografía, la caligrafía y la tipografía.

La paleografía es la disciplina que tiene por objeto descifrar los textos antiguos y estudiar sus distintas formas de escritura. Aporta datos de gran interés para comprender los sistemas gráficos de otras épocas, pero se diferencia de la ortografía, además de por su perspectiva histórica, por su finalidad: la paleografía es puramente

descriptiva, mientras que la ortografía es esencialmente normativa.

La caligrafía es el arte o técnica que persigue conseguir una escritura manual bella y bien formada, según diferentes estilos. En el ámbito docente, su finalidad es enseñar a los alumnos a escribir a mano, trazando adecuadamente las letras de acuerdo con sus rasgos formales distintivos. Ortografía y caligrafía se diferencian también por sus fines: la primera impone unas normas en la representación de la lengua oral, sin hacer consideraciones sobre la belleza, claridad y corrección en el trazo de los signos gráficos, aspectos que constituyen precisamente el objeto de la caligrafía.

La tipografía se define como el arte de crear y combinar tipos o caracteres de imprenta para confeccionar textos impresos. Atiende tanto a la selección del tipo, la clase y el tamaño de las letras como a la distribución de los espacios en blanco entre caracteres, palabras y bloques de texto (espaciados, sangrías, interlineados, márgenes, etc.). La tipografía nació con la aparición de la imprenta y ha evolucionado con la invención de nuevos procedimientos y tecnologías para la elaboración de impresos. El acceso, hoy prácticamente general, a herramientas informáticas para el procesamiento y la autoedición de textos ha extendido la necesidad de conocer y aplicar las normas y los usos propios de la escritura tipográfica (denominada técnicamente ortotipografíá), antes solo exigibles a tipógrafos, impresores y editores, a cualquier persona que emplee estos medios en sus producciones escritas. Esta es la razón por la que en las ortografías modernas suele incluirse también información ortotipográfica.

La ortografía comparte su carácter normativo con la ortología (llamada también ortoepía), disciplina hermana encargada de establecer las normas que regulan la pronunciación culta de las unidades lingüísticas. Dado su carácter simétrico, ambas disciplinas se han venido influyendo mutuamente, pero mientras la ortografía ha de mantenerse uniforme en todo el ámbito de la lengua, los cánones de la pronunciación culta pueden variar en ciertos aspectos —y, de hecho, varían— de un área geográfica a otra. Esta variabilidad es la que explica que no suelan atenderse aspectos estrictamente ortológicos en las ortografías modernas.

2.2 UN SISTEMA CONVENCIONAL ESTRUCTURADO

El lenguaje, como facultad, y las diversas lenguas naturales en que esta facultad se concreta son realidades esencialmente orales, que no llevan aparejada ninguna forma necesaria de escritura. Así, con el tiempo, cada lengua se ha ido dotando del modelo de representación gráfica escogido por sus hablantes y determinado por razones muy

diversas (históricas, prácticas, políticas, religiosas, etc.). Esa relación no es forzosa, y nada impide que un mismo idioma pueda utilizar diversos sistemas de escritura, como muestra el serbocroata, que los serbios escriben con caracteres cirílicos y los croatas con caracteres latinos, o pasar de un sistema de escritura a otro distinto, como ha ocurrido en varias lenguas a lo largo de su historia.

La ortografía, entendida como el conjunto de normas que determinan el valor y correcto uso de los constituyentes del sistema de escritura de una lengua, es asimismo convencional, puesto que no existe una relación forzosa entre esos constituyentes y el valor que tienen asignado. Así, en las escrituras alfabéticas, la relación de correspondencia entre grafías y unidades fónicas es puramente arbitraria, como lo demuestra el hecho de que un mismo fonema pueda representarse de diferentes modos según la lengua de que se trate; por ejemplo, el fonema nasal palatal /ñ/ existe en todas las lenguas románicas de nuestro entorno, pero se escribe de modo diferente en cada una de ellas: ñ en español y gallego ( España); ny en catalán ( Espanya); gn en francés y en italiano ( Espagne, Spagna), y nh en portugués ( Espanha). Este carácter arbitrario se observa también en otros ámbitos de la ortografía: el alemán escribe con mayúsculas todos los sustantivos, mientras que en español solo se individualizan por este procedimiento los nombres propios, e incluso hay lenguas, como el árabe, en las que ni siquiera existen las letras mayúsculas. Los cambios ortográficos que han experimentado las lenguas a lo largo de su historia han sido posibles gracias, precisamente, al carácter convencional, no necesario, del vínculo que une los signos gráficos y su valor representativo.

La ortografía de una lengua no es una mera amalgama de reglas, sino que constituye un sistema estructurado, que se articula en varios subsistemas dotados de cierta autonomía, constituidos por las normas que regulan de forma específica el uso de cada una de las clases de signos gráficos con que cuenta su sistema de escritura.

Todos los sistemas ortográficos poseen un subsistema de reglas que determina el valor de las letras o grafemas en la representación gráfica de las unidades léxicas, al ser los grafemas los constituyentes primarios, y durante mucho tiempo únicos, de todos los sistemas de escritura. La ortografía de la mayoría de las lenguas incorpora, adicionalmente, varios subsistemas más, que dan cuenta del valor y uso del resto de sus elementos gráficos: el subsistema de los diacríticos, signos gráficos de muy variada forma y función según las lenguas (como, por ejemplo, la tilde, que en español marca, en los casos determinados por las reglas, la vocal tónica de la palabra; en húngaro señala las vocales largas, y en francés aporta información sobre su timbre); el subsistema de los signos de puntuación; el que regula el uso distintivo de

las letras mayúsculas y minúsculas en aquellas lenguas cuyos grafemas cuentan con ambas formas; el que regida la formación y uso de los distintos tipos de abreviaciones, etc. Los tratados y manuales en los que se describe el funcionamiento del sistema ortográfico de una lengua se estructuran normalmente en función de estos subsistemas, a cada uno de los cuales suele estar dedicado un capítulo o sección específicos.

2.3 LAS REGLAS ORTOGRÁFICAS

La ortografía, en cuanto conjunto o corpus de convenciones que fijan las pautas de la correcta escritura de una lengua, tiene un carácter esencialmente normativo. Se concreta en reglas que deben ser respetadas por todos los hablantes que deseen escribir con corrección, y su incumplimiento da lugar a lo que se conoce como «faltas de ortografía».

Las reglas ortográficas pueden ser generales o particulares. Las primeras afectan a todo un ámbito de la escritura, mientras que las segundas se aplican a la escritura de palabras concretas. Las reglas generales suelen formar parte del núcleo constitutivo de cada uno de los subsistemas ortográficos (letras, diacríticos, mayúsculas, etc.). Una regla general del subsistema de las letras sería, por ejemplo, en una lengua de escritura alfabética como la nuestra, la siguiente: «El fonema /b/ se representa en español con las letras b, v y w»; serían, en cambio, reglas particulares formulaciones como «[bárro]

se escribe con b», «[báso] se escribe con v» y «[bagneriáno] se escribe con w». En el subsistema acentual, serían reglas generales afirmaciones como «Se escriben con tilde todas las palabras esdrújulas» o «Los monosílabos no llevan tilde, salvo los afectados por la tilde diacrítica»; sería, en cambio, particular una regla como «El adverbio se escribe con tilde».

Dado que la forma escrita de cada término del vocabulario de una lengua es el resultado de un largo proceso histórico, la manera como se ha de escribir constituye, en la mayoría de los casos, una regla particular del tipo «[bájo] se escribe bajo»,

«[arína] se escribe harina», etc. Estas reglas particulares no se formulan normalmente en las ortografías, sino, de forma implícita, en los diccionarios. Así pues, en cada una de las entradas del diccionario que cada comunidad lingüística establece como referente de autoridad para su norma escrita, aparte de las informaciones de carácter etimológico, gramatical y semántico, existe una regla ortográfica no explícita que señala, en la propia forma gráfica del lema o voz en él registrada, cuál es la escritura

correcta de cada palabra.

La aplicación de estas reglas particulares plantea dudas a los hablantes, especialmente cuando existe más de una posibilidad gráfica para representar un determinado fonema. Por ello, la didáctica de la ortografía ha buscado regularidades en la escritura de las palabras, con el fin de poder ofrecer a los usuarios pautas que los ayuden a resolver esas dudas y vacilaciones. Estas pautas, aunque tengan la apariencia de reglas, y así se las haya denominado tradicionalmente, son meras notas orientadoras, con frecuencia llenas de excepciones, del tipo «Se escriben con b los verbos terminados en - bir, excepto hervir, servir, vivir y sus compuestos o derivados».

No son reglas ortográficas generales, sino generalizaciones inductivas hechas con fines didácticos a partir de las reglas particulares que dictaminan cómo se escribe cada palabra. No se escribe con b el verbo recibir porque termine en -bir, sino al contrario: la didáctica de la ortografía ha creado esta nota orientadora porque entre los verbos que terminan en -bir predominan los que se escriben con b.

2.4 LOS IDEALES ORTOGRÁFICOS

La ortografía, en cuanto sistema de convenciones que regulan la escritura de una lengua, tiende a satisfacer idealmente unos principios, cuyo cumplimiento integral y absoluto rara vez se alcanza en las ortografías históricas, en cuya configuración han intervenido a lo largo del tiempo múltiples factores y diferentes criterios, en ocasiones contradictorios. Ello explica que dichos principios ideales se cumplan solo parcialmente en la mayoría de los casos, aunque sirven, no obstante, para evaluar las ortografías y guiar sus posibles modificaciones y reformas.

En primer lugar, las ortografías han de respetar el principio de coherencia, lo que supone que sus normas no deben presentar contradicciones internas. Este principio debe operar con fuerza en la formulación de las reglas generales, que, sin embargo, pueden presentar excepciones ocasionales en la escritura de palabras concretas, casi siempre explicables por razones históricas o etimológicas (por ejemplo, la regla general de que, en español, el fonema /z/ se representa con c ante las vocales e, i no se cumple en ciertas palabras cuyo étimo, esto es, el vocablo del que proceden, incluye una z, como en Zeus, nazi o zigurat).

En segundo lugar, las ortografías deben tratar de ser exhaustivas y, por tanto, no deberían dejar aspectos relevantes de la expresión oral del lenguaje sin representación escrita y sin regulación ortográfica. Los espacios no reglados se convierten en

territorios de indeterminación y de vacilación que afectan al objetivo último de la unidad de la escritura. La utilidad de un sistema ortográfico aumenta en la medida en que incorpora subsistemas que regulan mayor número de aspectos funcionalmente distintivos en la representación gráfica de la lengua (acentuación, puntuación, etc.), y en la medida en que esa regulación es lo más completa posible. Muestra de exhaustividad es, por ejemplo, el subsistema de reglas de acentuación gráfica del español, gracias al cual es posible identificar siempre sobre cuál de las sílabas de una palabra prosódicamente acentuada recae el acento, aspecto que resulta distintivo en nuestro idioma ( TÉRmino/terMIno/termiNÓ).

Las ortografías han de cumplir también el principio de adecuación, que implica que su sistema de convenciones debe ser en cada momento el más apropiado para reflejar gráficamente los aspectos relevantes del sistema lingüístico que pretende representar. De ahí que, cuando se producen cambios en esos aspectos relevantes, los sistemas ortográficos traten de adaptarse a ellos. Por eso, cuando en la evolución histórica de una lengua de escritura alfabética surgen nuevos fonemas, su sistema ortográfico tiende a buscar nuevas formas de representación. Así ocurrió, por ejemplo, en la época de los orígenes de las lenguas románicas con el nacimiento de las consonantes palatales, inexistentes en latín, para cuya escritura cada lengua debió arbitrar un grafema o una combinación de grafemas nuevos. Esta adaptación tarda más en producirse, y a veces no llega a hacerlo, en los procesos de pérdida de fonemas: la inercia conservadora tiende a mantener, en la ortografía de casi todas las lenguas, grafemas o combinaciones de grafemas que representaron en su momento sonidos distintivos luego desaparecidos. En cumplimiento de esta voluntad de adecuación, las ortografías de las lenguas han de ofrecer pronta respuesta a las innovaciones, ya sean producto de la evolución de la misma lengua, ya sean debidas a la incorporación de palabras y expresiones foráneas con características fónicas y gráficas que a menudo chocan con las de la lengua que las adopta.

En la configuración de los sistemas ortográficos opera asimismo un principio que afecta a todos los planos lingüísticos, el principio de economía, aunque no siempre logra imponerse a otras fuerzas de sentido contrario con enorme peso en este ámbito, como la tradición gráfica consolidada. El ideal constitutivo de las escrituras alfabéticas, esto es, la correspondencia biunívoca entre las unidades del plano fónico y las unidades de la lengua escrita (un grafema para cada fonema y un fonema por cada grafema), no es sino la máxima expresión del principio de economía aplicado al subsistema de las letras. Sin embargo, este objetivo, muy presente en las etapas originarias de los sistemas ortográficos, no siempre se mantiene en el curso de su

evolución. Junto a la permanencia justificada de grafías complejas debidas a la carencia de grafemas específicos para representar determinados fonemas (como ocurre con los dígrafos ll, ch y rr del español), en muchas lenguas se mantienen secuencias de dos o más letras que, debido a procesos de evolución fónica y a la ausencia de reajustes ortográficos paralelos, han acabado confluyendo en la representación de un solo fonema; de ahí la gran cantidad de dígrafos y trígrafos que hay en lenguas como el inglés o el francés (en esta última lengua, por ejemplo, el fonema vocálico /o/ halla representación tanto en el grafema o como en las secuencias de grafemas au y eau). En español, lengua en la que el ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas se satisface en mucho mayor grado que en otras lenguas de nuestro entorno, subsisten, no obstante, varias grafías que, por razones etimológicas o de conservación de hábitos gráficos fuertemente arraigados, se emplean en la representación de un mismo fonema (por ejemplo, el fonema /b/ puede aparecer representado por tres grafemas: b, v y w), e incluso se conserva una letra, la h, que no representa ningún fonema. El principio de economía se cumple, en cambio, con toda claridad en el sistema de reglas de acentuación gráfica del español, que, en lugar de señalar siempre con tilde la vocal de la sílaba tónica, lo hace solo en ciertos casos, de manera que tan significativa es la presencia como la ausencia de este signo: las palabras termino y canto se leen como graves o llanas porque, de no serlo, tendrían que llevar tilde ( término o terminó y cantó). La economía es también la razón de la génesis y el mantenimiento de otro de los subsistemas de reglas ortográficas: el de las abreviaciones gráficas.

Por último, las ortografías deben tener presente también el principio de claridad y sencillez en la exposición de sus normas, ya que con ellas deben resolverse multitud de problemas prácticos que plantea el uso de la escritura a cualquier hablante alfabetizado.

2.5 FUNCIONES DE LA ORTOGRAFÍA

La función esencial de la ortografía es garantizar y facilitar la comunicación escrita entre los usuarios de una lengua mediante el establecimiento de un código común para su representación gráfica.

En las lenguas de escritura alfabética, basadas en la utilización de signos gráficos para representar las unidades fónicas de la cadena hablada, la ortografía cumple, además, un papel esencial como factor de unidad, puesto que impone una

representación gráfica uniforme y común por encima de las numerosas variantes de pronunciación existentes, debidas a factores geográficos, socioculturales e incluso individuales. Este papel unificador de variedades orales diversas es especialmente importante en el caso de lenguas que, como el español, se extienden por un vasto territorio en el que las diferencias se manifiestan, incluso, a nivel fonológico (hay fonemas del español, como /z/ o /ll/, que solo se dan en el habla de una parte minoritaria de los hispanohablantes). Estas diferencias no trascienden al plano de la escritura salvo en contadísimas ocasiones, y nunca de manera general, sino en forma de variantes en la grafía de ciertas palabras (por ejemplo, el fenómeno del seseo ha dado lugar, de forma ocasional, a la existencia de variantes gráficas, como en el caso del topónimo Cuzco/Cusco). Así pues, la ortografía contribuye decisivamente a evitar la dispersión en la representación gráfica de una misma lengua, dispersión que, llevada al extremo, haría difícil y hasta imposible la comunicación escrita entre sus hablantes y comprometería su identificación como miembros de una sola comunidad lingüística. Además, la influencia que la representación escrita tiene sobre la pronunciación de los hablantes cultos actúa de cauce que evita una evolución descontrolada y fragmentaria de la lengua, especialmente en aquellas, como el español, en que la solidaridad entre grafía y pronunciación es más fuerte. Los hablantes alfabetizados ven en la lengua escrita el modelo de corrección y tienden a pronunciar las palabras de acuerdo con su forma gráfica, de manera que la existencia de una ortografía común en todo su ámbito dota de cierta estabilidad al componente fónico de la lengua, disminuyendo el ritmo de sus cambios en el plano oral y evitando que estos lleguen a quebrar su unidad esencial.

2.6 ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LOS SISTEMAS ORTOGRÁFICOS

Las normas que determinan el valor y uso de los elementos que las lenguas utilizan para su representación gráfica están implícitas en la propia práctica de su escritura, de ahí que pueda hablarse de la ortografía de una lengua desde el momento mismo en que se documenta su uso escrito, aunque no exista todavía, o no llegue a existir nunca, una formulación explícita de sus reglas (de hecho, tanto el nacimiento de la disciplina encargada de establecer las normas ortográficas como la aparición de los diversos tratados que las contienen son muy posteriores a la realidad de la escritura).

Aunque hay lenguas con sistemas de escritura originales, creados específicamente

para su representación gráfica (como la escritura jeroglífica egipcia o la ideográfica china), otras muchas han adoptado un sistema preexistente, bien por corresponder, en su momento, a la lengua de mayor influencia o prestigio de su entorno por motivos políticos, económicos, religiosos o culturales (como ilustra la adopción de caracteres chinos para la escritura del japonés o del alfabeto latino para las lenguas germánicas), bien por haberlo recibido directamente de la lengua de la cual derivan (como es el caso de las lenguas románicas, que heredaron el sistema gráfico del latín, su lengua madre).

Como es natural, las lenguas que se sirven de sistemas de escritura prestados o heredados han debido adaptarlos a sus propias necesidades. En el caso de las lenguas de escritura alfabética, esta adaptación supone adecuar el repertorio de grafemas recibidos a la representación de los fonemas propios mediante procedimientos diversos: desde el cambio del valor fonológico asociado a los grafemas preexistentes, o la creación de otros nuevos para representar los nuevos fonemas, a la eliminación de signos sobrantes por no existir en la lengua receptora el fonema que representaban en la lengua de origen. Si el número de sonidos distintivos que necesitan ser representados es superior al de los grafemas disponibles, suele recurrirse, con mayor frecuencia que a la creación de caracteres nuevos, a la combinación de varios de ellos para representar un único fonema. Este hecho, junto a la existencia de fonemas que pueden representarse gráficamente de varias maneras, y de grafemas que representan, según los contextos, distintos fonemas, da lugar a sistemas ortográficos muy alejados del principio ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas.

Precisamente una de las razones de la mayor complejidad de las ortografías inglesa o francesa, en comparación con ortografías más sencillas como las del español o el italiano, es que el número de fonemas del inglés y del francés ha sido siempre muy superior al número de grafemas del alfabeto latino.

Especialmente cuando se trata de lenguas que heredan el sistema de escritura de la lengua de la que derivan, la adecuación de los grafemas a la nueva realidad fonológica se realiza de forma progresiva y, podríamos decir, espontánea. Así, por ejemplo, los escritores y copistas de la época de los orígenes de las lenguas románicas se vieron en la necesidad de escribir estas lenguas con los elementos gráficos propios del latín.

Para representar los nuevos fonemas ensayaron diversas soluciones gráficas (a menudo condicionadas por el tipo de letra empleado), lo que explica la gran variabilidad que reflejan las grafías de los textos primitivos, achacable también, en gran parte, a la propia inestabilidad de los nuevos sistemas fonológicos, que tardarán aún varios siglos en afianzarse. No existía, pues, una ortografía estable y normalizada,

tal y como la entendemos hoy. Los sistemas ortográficos de las diferentes lenguas se van consolidando en la medida en que determinados usos adquieren, frente a otros, un grado suficiente de fijeza y extensión, en un lento proceso de selección de variantes en el que a menudo ejercen una influencia notable los usos gráficos de los documentos y códices emanados de las cancillerías y escritorios reales, como ocurrió en la Castilla primitiva durante el reinado de Alfonso X el Sabio (siglo XIII).

En el ámbito de las lenguas occidentales modernas, el Renacimiento marca el inicio de la ortografía como disciplina, esto es, como materia de reflexión y análisis explícito. En esta época, junto con el interés por el griego y el latín clásicos, adquiere gran protagonismo el estudio de las lenguas vernáculas, que han sustituido al latín como vehículos de comunicación de los incipientes Estados nacionales. Se publican entonces las primeras gramáticas de estas lenguas, en las que ocupa un lugar destacado el análisis de su representación gráfica, de modo que la ortografía, siguiendo la tradición grecolatina, constituye en sus inicios una parte de la gramática.

La invención de la imprenta, a mediados del siglo XV, impone la necesidad de una mayor regularidad en la escritura de las diferentes lenguas. Las decisiones tomadas por los tipógrafos e impresores a la hora de imprimir sus textos desempeñarán un importante papel en los procesos de regularización gráfica debido a la mayor difusión de los impresos frente a los manuscritos medievales. La ortografía adquiere cada vez mayor protagonismo, lo que se traduce en la aparición, a lo largo de los siglos XVI y XVII, de numerosos tratados y manuales de esta disciplina, muchos de ellos con orientación eminentemente práctica o didáctica, que pretenden sistematizar las reglas ortográficas de acuerdo con diferentes criterios. Las propuestas de los ortógrafos se van a articular en torno a su preferencia por adoptar, como criterio básico de referencia a la hora de fijar las normas ortográficas, bien la pronunciación, bien la etimología, a las que viene a sumarse el uso tradicional consolidado como árbitro de muchas soluciones gráficas concretas.

Estos criterios (pronunciación, etimología y uso tradicional consolidado) han funcionado combinadamente, aunque con diferente peso e importancia según las épocas y los idiomas, en la configuración de los sistemas ortográficos de las principales lenguas europeas. En general, en sus etapas iniciales, todas ellas tomaron como referencia la pronunciación para establecer las bases de su sistema ortográfico.

Pero, mientras en algunas, como el español o el italiano, este criterio ha seguido funcionando después de manera más o menos constante, otras, como el francés o el inglés, se han mostrado mucho más reacias a efectuar reajustes para adecuar su ortografía a los cambios producidos en sus sistemas fonológicos. A este

conservadurismo gráfico se añadió, además, especialmente en etapas de fuerte influjo latinizante, la tendencia a preservar o a introducir en la escritura de muchas palabras grafemas etimológicos carentes de correlato fónico, buscando, por un lado, mantener el vínculo con el origen y, por otro, dotar de estabilidad a las grafías al margen de eventuales cambios en la pronunciación. La adopción de la etimología y del mantenimiento de la tradición gráfica como principios reguladores de la ortografía, predominantes en lenguas como el inglés o el francés, tiene mucho que ver con su rendimiento funcional a la hora de diferenciar en la escritura muchas palabras oralmente indistinguibles por su idéntica pronunciación. Así, esta función distintiva de la escritura ha tenido gran peso, por ejemplo, en francés, lengua en la que se han mantenido numerosas grafías sin justificación fonética por su capacidad de distinguir homófonos (palabras de igual pronunciación, pero diferente significado) o por ser portadoras de información gramatical carente de reflejo en el habla (ejemplo de ello es la - e final que distingue en la escritura francesa la forma femenina de la masculina en muchos adjetivos, aunque ambas formas se pronuncien de la misma manera: perdue

‘perdida’, con idéntica pronunciación que perdu ‘perdido’).

La pugna entre los defensores de la tradición gráfica, en buena parte basada en la etimología, y los partidarios de realizar los ajustes necesarios para mantener en cada momento la adecuada correspondencia entre grafía y pronunciación ha sido una constante en la historia de todas las lenguas de escritura alfabética que cuentan con ortografías de largo recorrido histórico, y ha dado lugar a múltiples debates y polémicas. Precisamente esta falta de acuerdo entre los teóricos de la disciplina sobre los principios que debían gobernar la ortografía contribuyó a retrasar el establecimiento, en todas estas lenguas, de una norma ortográfica uniforme y estable, y durante mucho tiempo aún la escritura siguió sometida, en la práctica, al criterio personal de autores e impresores.

La normalización ortográfica solo comenzará a hacerse realidad cuando las distintas lenguas se doten de instituciones o de instrumentos cuya autoridad en materia lingüística sea reconocida y acatada mayoritariamente por el conjunto de sus hablantes. En unos casos, asumirán esta autoridad, casi siempre con el patrocinio y el apoyo del poder político, instituciones académicas, como la Accademia della Crusca (1583) para el italiano, la Académie Française (1635) para el francés o la Real Academia Española (1713) para el español. Todas ellas se fundaron con el objetivo declarado de «fijar» las respectivas lenguas, para lo cual acometieron, entre otros proyectos, la elaboración de un diccionario. Esta labor implicó necesariamente la toma de decisiones en materia ortográfica, pues debía asignarse a cada una de las palabras

registradas en el repertorio léxico una grafía concreta, que sería asumida a partir de entonces como su forma canónica. Para otras lenguas, la regularización ortográfica llegó también de la mano de la publicación de determinados diccionarios que, por su calidad y el prestigio que rápidamente alcanzaron, se convirtieron en la referencia de autoridad en materia ortográfica dentro de su área lingüística. Este fue el caso, para el inglés británico, de la obra de Samuel Johnson, A Dictionary of the English Language (1755) —cuyo papel será asumido más tarde, y con plena vigencia hoy, por el Oxford English Dictionary—; del diccionario de Noah Webster, American Dictionary of the English Language (1828), para el inglés americano, o del diccionario de Konrad Duden, Vollständiges orthographisches Wörterbuch der deutschen Sprache (1880), para el alemán. Las sucesivas ediciones de todas estas obras lexicográficas irán reflejando los cambios introducidos en la norma ortográfica de las respectivas lenguas a lo largo de los años.

La progresiva asunción de atribuciones en materia educativa por parte del Estado, que se inició en el siglo XVIII con la Ilustración y se intensificó durante los siglos XIX y XX, explica la intervención creciente de los poderes públicos en los procesos de normalización ortográfica, movidos por la necesidad de contar con una ortografía uniforme y consolidada que, por un lado, garantizara la unidad lingüística y, por otro, sirviera de referencia para la enseñanza de la lectura y la escritura en las escuelas. Esa intervención se ha limitado, en unos casos, al respaldo oficial otorgado a la labor normativa realizada por instituciones académicas como las anteriormente citadas. En otros, se ha realizado de manera directa, con la promulgación de leyes específicas para la fijación de la norma ortográfica o para su reforma, con él concurso de órganos consultivos y organismos oficiales encargados de realizar propuestas y coordinar iniciativas en ese ámbito.

2.7 LAS REFORMAS ORTOGRÁFICAS

Las lenguas son instituciones culturales, entidades históricas, y, como tales, experimentan cambios a lo largo del tiempo. La lengua oral evoluciona de forma constante por medio de la continua aportación innovadora de los hablantes y de la interacción permanente del idioma con las novedades que se producen en todos los ámbitos de la realidad, así como por su contacto con otras lenguas. La ortografía, en la medida en que regula la representación gráfica del idioma, se ve también afectada por los cambios que este experimenta, sobre todo cuando se producen en el plano del

significante e implican al sistema fonológico, ya sea por la pérdida de fonemas, ya por la aparición de otros nuevos. También tiene repercusiones ortográficas la incorporación masiva de términos procedentes de otras lenguas, que chocan a menudo con el sistema ortográfico de la lengua receptora. Todos estos fenómenos provocan alteraciones en el sistema establecido de correspondencias entre grafemas y fonemas, y exigen la toma de decisiones que implican, en muchos casos, modificaciones en los sistemas ortográficos.

A diferencia de los cambios lingüísticos, que se producen de forma continua y espontánea, con la participación de todos los hablantes, la mayoría de los cambios ortográficos ocurren de forma puntual, tienen lugar de tarde en tarde y en ellos intervienen prioritariamente las aportaciones de las clases alfabetizadas. Aunque se basen a menudo en modificaciones previas de los usos gráficos de los hablantes, solo adquieren hoy carta de naturaleza cuando son sancionados por las instituciones y organismos que poseen competencias en esta materia.

Los cambios introducidos en el sistema de convenciones gráficas de una lengua pueden ser de dos tipos: innovaciones y reformas. En las innovaciones se adoptan medidas para regular la expresión escrita de aspectos de la lengua que previamente no se representaban. En el griego y el latín clásicos, por ejemplo, no se separaban las palabras mediante espacios en blanco ni se usaban signos de puntuación, salvo en los textos escolares destinados a la enseñanza de la lectura. De modo análogo, el sistema ortográfico del español no disponía en sus orígenes de diacríticos para indicar la posición de acento prosódico dentro de la palabra. Así pues, la incorporación al uso general de estos elementos gráficos y su regulación son ejemplos de innovaciones ortográficas.

Las reformas son cambios realizados sobre un sistema de normas ortográficas preexistente. Pueden ser parciales o generales, dependiendo de que los cambios afecten a un aspecto acotado y concreto de la ortografía o la modifiquen por extenso y más profundamente. La mayor parte de las reformas realizadas en los sistemas ortográficos de las lenguas que han contado con escritura desde sus orígenes han sido parciales y progresivas. A menudo han consistido en pequeñas intervenciones en puntos concretos del sistema (incorporación de algún signo nuevo al repertorio alfabético, eliminación de grafías obsoletas, adición de nuevas reglas para el uso de los diferentes signos ortográficos, etc.), lo que ha favorecido su aceptación. Algunas de estas reformas tienen como fin mejorar el sistema desde el punto de vista de su coherencia interna. Dentro de este tipo estarían los cambios que buscan perfeccionar las reglas de un determinado ámbito de la ortografía para que cumplan de manera más

eficaz sus fines, como ha ocurrido con las sucesivas modificaciones realizadas en el conjunto de reglas de acentuación gráfica del español.

Las reformas generales proponen cambios cuantitativa y cualitativamente más importantes, y buscan, por lo general, alcanzar de una vez el ideal de máxima adecuación entre la realización oral y la representación escrita de la lengua. En casos extremos, estas reformas han llegado a consistir en la sustitución completa de un sistema de escritura o de un alfabeto por otro completamente distinto, como ocurrió con el vietnamita en el siglo XVII o con el turco a comienzos del siglo pasado, que pasaron de usar respectivamente en su escritura caracteres chinos y árabes a emplear versiones adaptadas del alfabeto latino.

Las ventajas teóricas de una reforma profunda del sistema ortográfico de una lengua para alcanzar su perfecta adecuación al modelo oral que pretende representar son evidentes: al eliminar las desviaciones del principio de correspondencia biunívoca entre fonemas y grafemas, se facilita el aprendizaje de la escritura y se favorece la corrección ortográfica sin que esta exija un esfuerzo excesivo a sus usuarios.

Reformas de calado se han producido en muchas lenguas en momentos concretos de su historia, entre ellas el español, especialmente tras épocas de profundos cambios fonológicos en las que el sistema ortográfico carecía de fijeza y eran constantes las vacilaciones en la representación gráfica de los fonemas. Y reformas de este tipo no dejan de ser reclamadas de manera recurrente hoy por parte de muchos teóricos de la ortografía, que aducen en su favor, además de argumentos lingüísticos (conseguir una adecuación lo más perfecta posible entre las unidades fónicas del habla y las de la escritura), razones didácticas y sociales: la simplificación del sistema ortográfico permitiría destinar muchas de las horas dedicadas hoy a la enseñanza de la ortografía a practicar otras destrezas encaminadas a mejorar la expresión oral y escrita de los estudiantes, facilitaría el aprendizaje de la lengua escrita a los alumnos extranjeros y rebajaría notablemente el esfuerzo necesario para superar una barrera social que afecta sobre todo a las clases menos favorecidas.

Sin embargo, no son menores las razones que aconsejan no acometer reformas maximalistas en el sistema de representación gráfica de una lengua cuando esta cuenta con una ortografía estable, conocida y aceptada por sus hablantes alfabetizados. Es notable la resistencia a aceptar cambios ortográficos por parte de quienes con esfuerzo y constancia asimilaron en sus primeros años de formación un sistema de reglas que tienen ya interiorizado y automatizado. Esta resistencia —que se manifiesta también en el ámbito educativo y de los medios de comunicación, cuya colaboración resulta imprescindible para la difusión e implantación de cualquier cambio, por pequeño que

sea— explica la dificultad de conseguir el consenso suficiente para acometer con garantías de éxito reformas radicales, incluso en el caso de lenguas en las que el alto grado de inadecuación entre pronunciación y grafía las haría especialmente aconsejables. Pero no solo actúa en contra del impulso reformista la fuerza de la costumbre, sino el peso de la tradición ortográfica heredada, que establece un fuerte vínculo entre las palabras y su forma gráfica fijada. Así, cualquier cambio drástico en la grafía de una palabra se siente más como una deformación que desfigura su identidad visual que como una simplificación beneficiosa, lo que explica la fuerza que el criterio del uso constante ha tenido y tiene en la fijación de la ortografía de las lenguas. Una ruptura radical con la tradición gráfica anterior dificultaría, además, la lectura de textos de otras épocas, a lo que habría que sumar los costes económicos que supondría la adaptación a las nuevas normas de todas aquellas obras escritas conforme al sistema ortográfico precedente, y el sinfín de cambios que habría que realizar en todos aquellos ámbitos relacionados de algún modo con el lenguaje natural (diccionarios, bases de datos, aplicaciones informáticas, etc.).

No hay que olvidar que el principio de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas no es el único que ha operado en la constitución y posterior evolución de los sistemas ortográficos de lenguas que han mantenido un mismo sistema de escritura a lo largo de su historia. De hecho, este ideal no se verifica de modo absoluto en ninguna ortografía histórica, y solo ha sido factible en el caso de ortografías creadas modernamente por especialistas para la representación gráfica de lenguas sin tradición escrita, o en aquellos casos en que una determinada lengua ha decidido sustituir su sistema de escritura tradicional por otro distinto. Incluso en estos casos excepcionales resulta difícil lograr una escritura completamente fonológica que sea aplicable a la diversidad de manifestaciones orales de una misma lengua.

El ideal de correspondencia exacta entre grafía y pronunciación se revela, además, imposible en aquellas lenguas que, como el español, presentan diferencias dialectales no solo en el plano fonético, con realizaciones distintas en la pronunciación de un mismo fonema, sino también en el plano fonológico, como ponen de manifiesto fenómenos como el seseo o el yeísmo (fruto de la inexistencia, para determinadas áreas y hablantes del español, de los fonemas /z/ y /ll/, respectivamente). En esos casos, no es factible que la ortografía refleje la pronunciación fonológica real de todas las variedades, pues ello supondría renunciar a su unidad de representación. Por ello, cualquier modificación ortográfica deberá responder a cambios fonológicos que se hayan verificado en todo el ámbito geográfico de la lengua.

Cuando un sistema ortográfico ha alcanzado un alto grado de estabilidad y cuenta

con el consenso y la aceptación de la comunidad lingüística que lo utiliza, se ha de actuar con extremada prudencia y grandes dosis de realismo a la hora de proponer la realización de reformas sustanciales. Es necesario valorar cuidadosamente sus pros y sus contras, y actuar solo cuando exista la seguridad de que las ventajas superan con creces a los inconvenientes y, sobre todo, de que los cambios van a contar con el apoyo decidido de todas las instituciones y sectores implicados. La experiencia demuestra la dificultad de acometer con éxito reformas profundas en sociedades altamente alfabetizadas como las actuales.

2.8 LA IMPORTANCIA SOCIAL DE LA ORTOGRAFÍA

La ortografía es compañera inseparable de la escritura, así como de la lectura, ya que para descifrar lo escrito es preciso conocer el código ortográfico. El conocimiento y el dominio de la ortografía resultan imprescindibles para asegurar la correcta comunicación escrita entre los hablantes de una misma lengua, al garantizar la adecuada creación e interpretación de textos escritos. No es un simple adorno, sino condición necesaria para el completo desarrollo de la persona, como individuo y como ser anclado en la sociedad, en la medida en que la escritura es hoy fundamental como soporte del conocimiento y como instrumento de comunicación. La ortografía ocupa así un lugar esencial en el sistema educativo, puesto que es indisociable de la adquisición de las destrezas básicas de la lectura y la escritura, indispensables en la formación elemental de todo ciudadano.

La ortografía es, además, un bien social porque, mediante su concurso, las lenguas alcanzan la máxima expresión de una unidad que se extiende por encima de todas las variaciones geográficas, sociales y situacionales. Gracias a la existencia de una ortografía común leemos los textos de autores de muy diversas áreas geográficas como si tuvieran una misma voz. La unidad ortográfica constituye, pues, el soporte más visible del sentimiento de comunidad lingüística y cultural entre países que se expresan en una misma lengua y, en dimensiones que no son difíciles de imaginar, facilita las relaciones sociales, políticas y económicas.

Por todo ello, las sociedades, que comprenden las profundas repercusiones de la adecuada alfabetización de todos sus miembros, conceden a la ortografía una importancia singular, y su correcto dominio se halla asociado a connotaciones positivas. Es la propia sociedad la que recompensa a quienes dominan esta disciplina con una buena imagen social y profesional. Y, en el lado opuesto, es también la

sociedad la que valora como faltas los errores ortográficos y quien sanciona a las personas que muestran una ortografía deficiente con juicios que afectan a su imagen y que pueden restringir su promoción académica y profesional.

3

LA ORTOGRAFÍA DEL ESPAÑOL

3.1 ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL SISTEMA ORTOGRÁFICO DEL ESPAÑOL

La escritura del español es alfabética, se vale de caracteres latinos y se escribe de izquierda a derecha, características que comparte con otras muchas lenguas occidentales pertenecientes a diversas familias lingüísticas.

El español utilizó desde sus primeras manifestaciones escritas el sistema ortográfico del latín, lengua de la cual deriva. De ella heredó naturalmente las letras de su alfabeto, muchas de las cuales conservaron su valor fonológico originario, mientras que otras lo modificaron o se combinaron entre sí para representar los nuevos fonemas que surgían a medida que se iba configurando el primitivo romance castellano. La española es, pues, una ortografía histórica, que nace de la práctica misma de la escritura en un lento proceso de evolución sin ruptura desde el latín al romance. No se trata, por lo tanto, de un sistema ortográfico creado a propósito para nuestra lengua, sino que surge de la progresiva adecuación del sistema ortográfico latino a la representación del español medieval y, desde ahí, a la del español moderno.

La ortografía española posee un fuerte componente fonológico, de modo que la mayoría de los grafemas o combinaciones de grafemas representan de forma unívoca un solo fonema y, a la inversa, la mayoría de los fonemas se representan de una sola forma en la escritura. Ello se debe a la confluencia de diferentes factores, entre los que cabe señalar la propia configuración de nuestro sistema fonológico, mucho más cercano al del latín que el de otras lenguas, como por ejemplo el francés, cuya complejidad ortográfica no es solo fruto de su conservadurismo gráfico, sino del hecho de contar con un número de fonemas muy superior al de los grafemas disponibles en el alfabeto latino. La relativa simplicidad de nuestro actual sistema

ortográfico es fruto también, como se verá, de la realización de varias reformas de tendencia simplificadora a lo largo de su historia.

En el latín clásico había cinco vocales (cada una de las cuales podía ser breve o larga, rasgo que era distintivo en esa lengua y que modernamente se indica colocando el signo ˘ sobre las breves y ˉ sobre las largas: lĭber ‘libro’, frente a līber ‘libre’) y alrededor de una docena de consonantes (que en posición intervocálica podían ser simples, como en anus ‘vieja’, o geminadas, como en annus ‘año’). En general, existía un alto grado de adecuación entre fonemas y grafemas, pues la mayoría de los grafemas del alfabeto latino clásico representaban siempre el mismo fonema y eran pocos los casos en que un fonema podía ser representado por varios grafemas distintos.

Junto con el alfabeto, el sistema fonológico del latín pasó casi íntegro al español medieval (aunque con algunas diferencias importantes, entre ellas, la pérdida de la cantidad como rasgo distintivo, papel que pasó a desempeñar en nuestro idioma el acento prosódico). Ello explica que casi todos los fonemas del latín clásico estén presentes en el sistema fonológico del español actual y suelan escribirse, además, en su mayoría, con los mismos grafemas (a pesar de que algunos de ellos tuvieron valores fonológicos cambiantes a lo largo de su historia): las cinco vocales, /a/, /e/, /i/,

/o/, /u/, representadas en general por los cinco grafemas genuinamente vocálicos a, e, i, o, u; y las consonantes /b/, /p/, /d/, /t/, /g/, /k/, /f/, /s/, /m/, /n/, /r/ y /l/, transcritas en español con los grafemas asimismo heredados del latín b, v, p, d, t, g, c, k, q, f, s, m, n, r, l. El grafema h representaba originariamente en la lengua latina un fonema aspirado pronto desaparecido, aunque se mantuvo su reflejo en la escritura, lo que justifica en parte, junto con otros factores, la permanencia de la h como «letra muda»

en nuestro sistema ortográfico. El grafema x representaba ya en latín la misma secuencia de dos fonemas (/k + s/) que representa en el español actual en la mayoría de los casos, y las letras z e y, presentes asimismo en nuestro alfabeto, formaban parte también del latino, al que se incorporaron para transcribir los numerosos términos de origen griego que pasaron al latín tras la conquista de Grecia.

Pero en el proceso de evolución del latín al romance fueron surgiendo nuevos fonemas, que llegaron casi a duplicar el número de consonantes del español medieval con respecto al latín clásico: apareció el orden de las palatales —de las que hoy se conservan /ñ/, /y/, /ch/ y /ll/—, el fonema vibrante múltiple /rr/ y una serie de fonemas fricativos sordos y sonoros, estos últimos posteriormente desaparecidos. Buena parte de los nuevos fonemas se inscribían en el grupo de las consonantes sibilantes medievales (así llamadas por percibirse, en su emisión, una especie de silbido), de

cuya reorganización surgieron los actuales fonemas /z/ y /j/.

Para todos estos nuevos fonemas, inexistentes en latín, era necesario encontrar formas de representación gráfica y, así, los primeros testimonios escritos en lengua romance, fechados en la segunda mitad del siglo X o principios del siglo XI, muestran el esfuerzo de sus redactores por dar con soluciones gráficas que les permitiesen reflejar la nueva realidad lingüística utilizando los elementos del sistema ortográfico latino. En muchos casos, los grafemas mantenían el valor fonológico que tenían en latín, ya que seguían representando en el español medieval el mismo fonema; pero, en otros, el mantenimiento de la grafía latina encubría divergencias profundas en la pronunciación, de modo que muchos grafemas se empleaban en el español medieval con valores fonológicos muy diferentes de los que tenían en latín. Por otra parte, para representar los nuevos fonemas se recurrió a menudo a combinaciones de grafemas preexistentes, algunas de las cuales permanecen hoy en nuestro sistema ortográfico, como los dígrafos ch y ll, o la letra ñ, procedente de la abreviatura del dígrafo medieval nn. Por el contrario, son prácticamente inexistentes los casos de grafemas de nueva creación, ya que no lo fue del todo la ç (cedilla): esta letra, que se especializó en el español medieval en la representación de uno de los fonemas sibilantes, surgió por evolución gráfica de la z, que los amanuenses visigodos escribían con un copete en forma de c, adorno que fue creciendo hasta convertir la z originaria en un mero apéndice o virgulilla. La ç, que forma parte del alfabeto actual de otras lenguas románicas, como el catalán, el francés o el portugués, desapareció, en cambio, de la escritura del español moderno, sustituida, según los casos, por c (ante e, i) o z.

En los manuscritos de esta primera etapa, la escritura se caracteriza por una constante variación en la elección de las grafías para representar los nuevos fonemas, no solo entre documentos distintos, sino a veces, incluso, dentro de un mismo texto (en la elaboración de los códices medievales era frecuente la intervención de varios redactores, con hábitos gráficos no siempre coincidentes). Esta irregularidad gráfica se ha interpretado tradicionalmente como reflejo de la vacilación e inseguridad de los escribientes en la representación gráfica de un sistema lingüístico aún en formación y carente, por ello, de fijeza ortográfica. La escritura, en esta etapa primitiva, manifiesta una clara tendencia al fonetismo, pues su intención es reflejar en lo posible la pronunciación, de ahí que la variabilidad gráfica no deba interpretarse simplemente como fruto de la ausencia de una norma ortográfica asentada, sino que, en muchos casos, es reflejo de la propia variación e inestabilidad que caracteriza la lengua oral.

Investigaciones recientes basadas en el análisis grafemático de los textos manuscritos medievales han detectado, además, otros factores de importancia que

explican asimismo esta variabilidad, como las diversas tradiciones gráficas en las que se habrían formado los escribanos (asociadas, en muchos casos, a diferencias dialectales de pronunciación) o el tipo de letra utilizado en cada texto (distinta según se tratara de libros o documentos, y muy variable en estos últimos según sus clases), lo que a menudo tenía repercusiones gráficas importantes tanto en la forma como en la elección de los grafemas o combinaciones de grafemas para representar los diversos fonemas. La variación es, pues, una característica inherente a la escritura medieval, como lo es también de la propia lengua de esa época en otros planos lingüísticos (morfológico, sintáctico y léxico).

No obstante, a medida que se van consolidando los resultados de la evolución fonético-fonológica que conlleva el paso del latín al español medieval, se fijan progresivamente también los usos gráficos, en un lento e ininterrumpido proceso de selección de variantes. En dicho proceso desempeñará un papel fundamental el decidido impulso que recibió en todos los órdenes el uso del castellano durante el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284), hasta el punto de conocerse con el nombre de ortografía alfonsí el sistema de correspondencias entre grafemas y fonemas más característico del español medieval. Ello no supone, en modo alguno, que se produzca en este periodo una normalización completa de la ortografía, tal y como la entendemos hoy. Se trata, más bien, del favorecimiento y la mayor difusión de unas opciones sobre otras, que se irán imponiendo de forma paulatina sin que desaparezca del todo la variabilidad gráfica propia de la escritura en las etapas previas a su total normalización, que tardará aún varios siglos en producirse.

Alfonso X, continuando y ampliando una iniciativa tomada ya por su padre, Fernando III el Santo, institucionalizó de forma definitiva el uso del castellano no solo en la redacción de todos los documentos emanados de la cancillería real (salvo en los destinados a otros reinos, que siguieron escribiéndose en latín), sino en toda la producción textual salida del escritorio regio en forma de traducciones y obras originales sobre las más diversas materias, especialmente en el ámbito del derecho, la historia y las ciencias de su tiempo. La extensión del uso del castellano a todo tipo de textos, tanto documentales como librarios, y para la expresión de tantas y tan diversas materias como las que abarca el amplio corpus de códices alfonsíes contribuyó, sin duda, a la progresiva consolidación de una norma lingüística de referencia en todos los niveles, incluido el gráfico, aunque no puede afirmarse, en rigor, que la llamada ortografía alfonsí constituya una entera novedad, pues la mayoría de sus rasgos característicos se atestiguan ya en textos escritos en épocas precedentes.

La ortografía del periodo alfonsí, que procede por tradición ininterrumpida de la

práctica de la escritura de los siglos X-XII, continúa manifestando una clara voluntad de cercanía a la pronunciación, no exenta, sin embargo, de rasgos latinizantes. En ella se aprecia, además, una decantación progresiva de las variadas soluciones gráficas de periodos anteriores y, en consecuencia, una menor variabilidad, aunque no pueda considerarse en modo alguno homogénea.

En la escritura del periodo posalfonsí se observa, en cambio, una menor regularidad y una disminución del fonetismo, explicables por la conjunción de diversos factores. La mayor difusión de la cultura y el aumento del número de personas capaces de leer y escribir que conlleva la alfabetización de las clases nobles hacen que la escritura deje de ser una actividad restringida en exclusiva a un colectivo limitado de profesionales, lo que propiciará una mayor variación en los usos gráficos, en los que intervendrán, cada vez más, decisiones individuales a menudo ligadas al gusto personal. Al mismo tiempo se producen importantes cambios en el tipo de letra manuscrita usada en los códices y documentos, caracterizada en esta etapa por una mayor cursividad y una más acusada presencia de abreviaturas: en la letra gótica cursiva los grafemas se ligan unos a otros y adquieren formas diversas según su posición dentro de la palabra, de modo que la unidad de escritura no será tanto cada una de las letras por separado como los grupos formados por varias de ellas. Por otra parte, la lectura, que hasta entonces se realizaba mayoritariamente en voz alta, se va convirtiendo poco a poco en una actividad individual y silenciosa, basada más en la identificación de las palabras por su imagen visual de conjunto que por el desciframiento lineal de sus secuencias de grafemas. Todo ello propiciará, en la escritura de muchas palabras, un aumento de rasgos gráficos sin reflejo en la pronunciación, a lo que se une el creciente influjo de la corriente latinizante, que se intensificará con la llegada del humanismo a finales del siglo XIV y principios del XV.

El interés por la cultura y las lenguas clásicas propio del movimiento humanista, que tiene su reflejo en las numerosas traducciones de obras de la Antigüedad grecolatina realizadas durante este periodo, traerá consigo un notable incremento de voces cultas tomadas directamente del latín y, con ellas, la reposición de muchas grafías latinizantes en detrimento de soluciones gráficas anteriores más acordes con el principio de adecuación entre pronunciación y grafía.

A la consecución de una mayor regularidad gráfica contribuirá, no obstante, la invención de la imprenta a mediados del siglo XV y su implantación en España en las décadas inmediatamente siguientes. Por una parte, se utiliza como modelo para los tipos la llamada letra humanista, que, a diferencia de la gótica cursiva propia de la escritura del siglo anterior, separa con nitidez unos grafemas de otros, y en la que

estos mantienen, además, una forma constante con independencia de los de su entorno. Por otra parte, la reproducción mecánica de los textos impresos y su mayor difusión disminuyen las posibilidades de variabilidad gráfica inherentes a la escritura manual: no se trata ya del criterio individual del autor o del amanuense, sino de decisiones cuya influencia se multiplica proporcionalmente al número de ejemplares que podían reproducirse mediante el novedoso artilugio. Los impresores eran conscientes de la trascendencia de su labor y muchos de ellos, al elaborar los manuales que guiaban la actividad de sus imprentas, no olvidaban incluir recomendaciones sobre los usos gráficos que consideraban más adecuados, contribuyendo así a su extensión.

La ortografía española como disciplina nace en este mismo periodo, fruto del interés por el estudio y la codificación de las lenguas vernáculas que trae consigo el Renacimiento y que da lugar a la aparición de las primeras gramáticas de varias lenguas europeas. En 1492 se publica la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, cuya primera parte, siguiendo el modelo de las gramáticas clásicas, está dedicada precisamente a la ortografía. Años después, en 1517, este mismo autor dedicará un tratado especifico a la materia, titulado Reglas de ortographía en la lengua castellana.

Nebrija, a quien se debe el primer intento explícito de regularización ortográfica del español, establece como principal criterio rector de la ortografía la adecuación entre grafía y pronunciación, entroncando así con la orientación fonetista de la escritura del español en sus primeros tiempos: «… que assí tenemos de escrivir como pronunciamos, τ pronunciar como escrivimos», declara ya en su Gramática y repetirá después en las Reglas de ortographía, siguiendo a Quintiliano, retórico hispanorromano del siglo I d. C., que ya había expuesto este mismo principio en relación con el latín.

A lo largo de los siglos XVI y XVII se van a publicar numerosos tratados de ortografía, cuyas propuestas de regularización ortográfica para el español manifiestan la existencia de dos tendencias principales: la que, en la estela de Nebrija, otorga primacía a la pronunciación y que en sus manifestaciones más extremas (como las de Mateo Alemán o Gonzalo Correas) implica la supresión de todo grafema etimológico sin reflejo en el habla y la defensa de una correspondencia biunívoca completa entre grafemas y fonemas; y la que, por el contrario, y muchas veces como reacción ante propuestas fonetistas demasiado radicales, defiende la presencia y el valor de grafías etimológicas en la escritura de las palabras, en especial si están ya suficientemente arraigadas en el uso. Así pues, en el cruce de argumentos con los que cada tratadista

defenderá sus postulados están ya presentes los tres criterios fundamentales que van a funcionar de manera constante en la fijación de las normas ortográficas del español: pronunciación, etimología y uso tradicional consolidado. Aunque, en general, la mayoría de los autores combinan en mayor o menor medida los tres criterios, es el primero, la pronunciación, el que ha tenido mayor peso y continuidad en la teoría ortográfica española, lo que sin duda explica el importante papel que ha desempeñado en la configuración final de nuestro sistema ortográfico.

Los diferentes manuales y tratados de ortografía tuvieron, no obstante, escasa repercusión y sus propuestas apenas se reflejan en los impresos de la época. De hecho, ninguna de las que implicaban cambios sustanciales pasó de la teoría a la práctica, ni siquiera entre sus propios defensores, salvo en el caso de Correas, que predicó con el ejemplo y se preocupó de editar sus obras conforme a su particular sistema ortográfico, rigurosamente fonetista.

La falta de acuerdo entre los propios ortógrafos y el hecho de que ninguna de las numerosas propuestas contara con un respaldo oficial que contribuyera a su generalización en el uso a través de la enseñanza explican que la ortografía de los Siglos de Oro siguiera en la práctica sometida al criterio personal de los autores y, sobre todo, de los impresores, en una época en que no era usual que los escritores controlaran de cerca la edición e impresión de sus obras. Sigue sin haber, pues, una norma ortográfica única, reconocida y acatada por todos, de ahí la falta de uniformidad gráfica que muestran los textos.

A ello viene a sumarse la consumación, durante los siglos XVI y XVII, de importantes cambios en el sistema fonológico, iniciados ya en la Baja Edad Media y que conducen a la transformación del español medieval en el español moderno. La desaparición progresiva de ciertos rasgos de pronunciación que eran fonológicamente distintivos provocó la pérdida de algunos fonemas característicos del consonantismo medieval y el nacimiento de otros nuevos, como /z/ y /j/. Sin embargo, el sistema ortográfico seguía siendo básicamente el mismo que el del periodo alfonsí, de modo que continuaban vigentes numerosas distinciones gráficas que ya no reflejaban diferencias en la pronunciación. El sistema ortográfico, falto desde siempre de regularidad, precisaba ahora, además, de una transformación que lograse reflejar todas las modificaciones experimentadas en la lengua oral.

A comienzos del siglo XVIII, un grupo de ilustrados a cuyo frente estaba Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, decide crear en 1713 la Real Academia Española, siguiendo el modelo de la Accademia della Crusca (1585) y de la Académie Française (1635), instituciones nacidas con el objetivo de fijar y promover

el conocimiento y buen uso de las lenguas italiana y francesa, respectivamente. El propósito de la española era, según manifestaban sus estatutos fundacionales, «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza», para lo cual se impuso, como primera tarea, la elaboración de un diccionario.

El respaldo oficial, que resultará después fundamental para la difusión y aceptación de sus propuestas ortográficas, llega en octubre del año siguiente, cuando el rey Felipe V

aprueba su constitución y la coloca bajo su amparo y protección.

Para componer este primer diccionario —conocido como Diccionario de autoridades (1726-39) por incluir, tras la definición, ejemplos de autores que ilustran el uso de cada palabra— era imprescindible determinar la forma en que debían aparecer escritas las voces en él registradas. Eso condujo inevitablemente a la Academia a realizar una profunda reflexión sobre la ortografía y a establecer su propio modelo ortográfico, que presentó en los preliminares de la obra bajo el título de Discurso proemial de la orthographía de la lengua castellana. Pocos años después de concluido el diccionario, estimó conveniente exponer sus propuestas ortográficas y explicar la modificación de algunos de sus presupuestos iniciales en una obra específica sobre la materia y, así, en 1741 publicó su Orthographía española, que inaugura la serie de ortografías académicas que desde entonces se han ido sucediendo con regularidad y en las que se han ido plasmando sucesivas reformas, de mayor o menor calado, hasta configurar el sistema ortográfico plenamente normalizado de que goza hoy el español.

En el proemio ortográfico del Diccionario de autoridades (1726), la Academia reflexiona sobre la dificultad que supone adoptar la pronunciación como principal criterio regulador de la ortografía, dadas las diferencias existentes en ese punto entre los diversos dialectos e, incluso, entre hablantes de una misma región, lo que la lleva a dar preferencia a los otros dos criterios, la etimología y el uso constante, a la hora de fijar la forma gráfica de las palabras. Con todo, en la práctica, no dejará de tener en cuenta la pronunciación al adoptar muchas decisiones concretas. Pronto, sin embargo, modificó la Academia su inicial postura etimologista, ya que, en la primera edición de la ortografía (1741), optó ya con claridad por la pronunciación como principal referencia a la hora de fijar la grafía de las palabras. Solo cuando este criterio no baste, por no ser la pronunciación uniforme o existir varias opciones gráficas para representarla, se atenderá a la etimología (si esta es conocida), siempre que el uso constante no se haya encargado ya de fijar una grafía. Así pues, el criterio etimológico pasa a ocupar el último lugar en la jerarquía, ya que solo intervendrá cuando no exista uniformidad ni en la pronunciación ni en el uso. La Academia establece, además, un

criterio adicional: en caso de ser desconocido o dudoso el origen de una voz y varias las opciones gráficas para transcribir su pronunciación, se escogerá la letra que se considera más natural y propia del idioma (primará, por ejemplo, la b sobre la v, la c sobre la q y la k, etc.). En la segunda edición (1754), se añade aún un último criterio, el de la analogía, por el cual, en los derivados y compuestos, debe mantenerse la grafía con la que se haya fijado la palabra simple originaria (de baraja, barajar, etc.).

Asentadas estas bases, la Academia se aplicó a la tarea de clarificar el por aquel entonces aún confuso panorama ortográfico del español. Las decisiones que se fueron adoptando en las sucesivas ediciones de la ortografía, basadas en muchos casos en propuestas ya formuladas con anterioridad por diversos ortógrafos, manifiestan una clara voluntad de fijar el sistema gráfico y adecuarlo a los cambios que se habían producido en el sistema fonológico, combinando con prudencia innovación y tradición: se eliminó desde un principio la ç, innecesaria ya por haber desaparecido hacía tiempo el fonema medieval que representaba; se determinó la escritura de c (ante e, í) y z (en el resto de los casos) para representar el fonema /z/; se destinaron exclusivamente a usos vocálicos las letras i y u, y a usos consonánticos v, j e y (salvo, en este último caso, a final de palabra después de vocal o para representar la conjunción copulativa, donde estaba ya firmemente asentado el uso de y con valor vocálico); se conservó la h por razones etimológicas o de uso tradicional consolidado; se mantuvieron la b y la v para representar el fonema /b/, distribuyendo su empleo con criterio etimológico (salvo que el uso hubiera fijado grafías contrarias a la etimología), lo mismo que en el caso de g (ante e, i) y j para el fonema /j/; se fijó el uso de la x en la representación de la secuencia /k + s/, como en latín; se eliminaron de forma progresiva los dígrafos latinizantes cuyo sonido podía ser representado por letras simples ( th > t; ph > f; ch [= /k/] > c), y se postuló la reducción de las consonantes dobles y de los grupos consonánticos cuando no tuvieran claro reflejo en la pronunciación. En la edición de 1815, el sistema ortográfico del español, en lo referente al uso de las letras, quedaba fijado básicamente en su misma configuración actual.

Sin embargo, a pesar de la buena acogida que tuvieron las propuestas de la Academia y del poder de difusión que les otorgaba su aplicación práctica en el diccionario, la ortografía académica no contaba aún con el respaldo que garantizara su aplicación en todos los ámbitos de la escritura y su transmisión en la enseñanza. Así pues, seguía habiendo casi tantos modelos ortográficos como ortógrafos o maestros, y cada cual seguía escribiendo conforme a su criterio o a las pautas que había adquirido durante su proceso de alfabetización.

La polémica ortográfica seguía viva y distaba mucho de estar resuelta, en parte alentada por la propia actitud reformista de la Academia y por la invitación que ella misma hacía en el prólogo de la Ortografía de 1815 a que fuera el uso de los doctos el que abriera camino a ulteriores reformas más audaces, con el fin de alcanzar el objetivo final de una total correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas. De ahí que surgieran con fuerza, en esos momentos, variadas propuestas reformadoras, guiadas por este ideal, de las cuales la primera y más importante —por la calidad de su proponente y la trascendencia y seguimiento que llegó a tener al otro lado del Atlántico— fue la planteada en 1823 por Andrés Bello, venezolano de nacimiento y chileno de adopción. Solo dos de las propuestas de Bello tuvieron acogida inmediata y reflejo práctico en los usos ortográficos americanos, especialmente en Chile: el empleo exclusivo de j para representar el fonema /j/ ( escojer, antolojía) y el de i para representar el fonema /i/, tanto en final de palabra ( lei, buei) como en la conjunción copulativa ( Juan i Pedro). A estas dos novedades se unirá una tercera —no propuesta por Bello, sino por Francisco Puente en 1835— que también tuvo reflejo en el uso americano: la de escribir s en lugar de x ante consonante ( estremo). Estos tres rasgos conforman lo que se dio en llamar «ortografía chilena», que durante mucho tiempo tuvo gran seguimiento, e incluso respaldo oficial, no solamente en ese país, sino en otras partes de América.

De ese primer impulso de Bello derivaron otras muchas propuestas reformadoras que generaron vivas polémicas teóricas, tanto en América como en España. Es en este contexto cuando, en 1843, un grupo de maestros funda en Madrid una autodenominada Academia Literaria i Científica de Profesores de Instrucción Primaria, que se propone promover y difundir a través de la docencia una reforma radical de la ortografía del español. La iniciativa no fue bien recibida en instancias oficiales, y la respuesta no se hizo esperar. La reina Isabel II, a petición del Consejo de Instrucción Pública, decreta en 1844 la enseñanza obligatoria de la ortografía académica en todas las escuelas españolas, para lo que se establece el uso del Prontuario de ortografía de la lengua castellana, elaborado específicamente por la Real Academia Española con ese fin.

Gracias a esa fundamental vía de consolidación a través de la enseñanza, la ortografía académica se convierte a partir de ese momento en la norma de referencia para la escritura del español, primero en España y después paulatinamente también en América, donde acabará prevaleciendo el deseo de unidad idiomática, de la cual es pilar fundamental la unidad ortográfica. Así, durante la segunda mitad del siglo XIX, se va oficializando en las diversas naciones americanas la ortografía académica, a la vez

que comienzan a fundarse las primeras academias nacionales de la lengua que, con el tiempo, se integrarán, junto con la española, en la Asociación de Academias de la Lengua Española, constituida oficialmente en 1951 y bajo cuya autoría conjunta se publican hoy todas las obras lingüísticas académicas. El proceso de convergencia ortográfica en el ámbito hispánico se cierra en Chile, país en el que habían surgido y arraigado con más fuerza las innovaciones, con la firma, en 1927, del decreto por el que se determina la enseñanza de la ortografía académica en todos los centros educativos y su aplicación en la redacción de todos los documentos oficiales.

Solo desde entonces puede afirmarse que la escritura del español cuenta, por fin, y por primera vez en su historia, con una ortografía normalizada y comúnmente aceptada por toda la comunidad hispanohablante, y que se rige por unas mismas normas gráficas, con independencia de las diferencias existentes entre las distintas variedades en los demás planos lingüísticos (fónico, morfosintáctico y léxico).

En el momento actual, la ortografía del español está completamente fijada, ha alcanzado un alto grado de estabilidad y adecuación y, lo que es más importante, cuenta con el acatamiento general de todos los hablantes alfabetizados. Los desajustes en el ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas son relativamente pocos y, en muchos casos, cuando existen varias posibilidades gráficas para representar un mismo fonema, la elección está condicionada por el contexto fónico, de manera que resulta predecible a partir de reglas claras (como la de representar el fonema /z/ con c ante e, i, pero con z en los demás casos, con la única excepción de algunos préstamos de otras lenguas, por razones etimológicas).

Una mayor adecuación al principio de biunivocidad exigiría reformas sustanciales del sistema ortográfico que fue posible llevar a cabo sin excesivas resistencias en épocas pasadas, en las que aún no se contaba, como ahora, con una ortografía homogénea, estable y normalizada, asimilada por todos los hablantes a través de la enseñanza oficial. Las actuales propuestas de reforma basadas en este principio, aun siendo teóricamente razonables, tienen hoy, a juzgar por los fracasos cosechados en intentos más o menos recientes realizados tanto en español como en otras lenguas cercanas, pocas posibilidades de concitar el consenso imprescindible en la comunidad lingüística para llevarlas a cabo con garantías de éxito, razón por la que las academias de la lengua, que hoy hablan con una sola voz en el seno de la Asociación de Academias de la Lengua Española, juzgan más prudente seguir manteniendo el actual sistema de correspondencias entre grafemas y fonemas.

3.2 CRITERIOS EN LA CONFIGURACIÓN DEL SISTEMA ORTOGRÁFICO DEL

ESPAÑOL

Como ya se ha apuntado, en la configuración del sistema ortográfico del español han operado combinadamente, y con diferente peso e importancia según las épocas, diversos criterios, que han servido de referencia para la fijación de sus normas, tanto generales como particulares, y guiado sus modificaciones. Se expone a continuación con algo más de detalle en qué consiste cada uno de ellos, así como algunos ejemplos de su reflejo en aspectos concretos de nuestra ortografía.

3.2.1 ADECUACIÓN ENTRE GRAFÍA Y PRONUNCIACIÓN

El criterio fonológico o de adecuación entre grafía y pronunciación es el principio fundamental sobre el que se asientan todos los sistemas ortográficos de naturaleza alfabética, basados precisamente en la representación gráfica de los sonidos distintivos de la cadena hablada. Según este criterio, en la escritura de las palabras deben representarse todos los fonemas que se articulan en su pronunciación y, recíprocamente, pronunciarse en la lectura todos los grafemas que aparecen representados por escrito. Dicho de modo más simple: el criterio fonológico determina que debe escribirse lo que se pronuncia y pronunciarse lo que se escribe.

Para su aplicación ha de tomarse siempre como referencia la pronunciación culta estándar, aquella que representa el ideal de máxima corrección para los hablantes de todas las áreas. La fidelidad a la pronunciación ha sido el principal criterio regulador de la ortografía del español y una constante en su evolución, de ahí la mayor transparencia de nuestro sistema ortográfico frente al de otras lenguas de nuestro entorno.

Este criterio es el que justifica, por ejemplo, que se hayan simplificado en la escritura ciertos grupos consonánticos etimológicos en los que la pronunciación estándar culta no articula una de las consonantes, como ha ocurrido en psalmo > salmo, pneumonía > neumonía, obscuro > oscuro o postguerra > posguerra, y que, en cambio, se mantengan otros en los que los hablantes cultos pronuncian, de forma más o menos relajada, todas las consonantes del grupo, como en obstinarse, cuya pronunciación culta es [obstinárse] y no [ostinárse], o en eclipse, que los hablantes cultos pronuncian [eklípse] y no [eklíse]. Hay casos en que la propia pronunciación

culta vacila entre la articulación simple o compleja del grupo consonántico, lo que da lugar a la existencia de variantes gráficas igualmente válidas; así, voces como transporte, magdalena o fláccido pueden escribirse también trasporte, madalena y flácido.

Responden asimismo a la aplicación del criterio fonológico los casos de palabras en cuya escritura se ha eliminado la letra muda h o en las que se admite, como variante, su supresión: astil, del latín hastīle; reprender, del latín reprehendĕre; arpía o harpía, del latín Harpȳia; alelí o alhelí, del árabe hispano alẖayrí, etc. También la adición de una e inicial en todas aquellas palabras cuyo étimo comienza por una s seguida de consonante (la denominada ese líquida), puesto que en la pronunciación de estas voces el español articula una vocal de apoyo: escala (del lat. scala), estándar (del ingl. standard) o espagueti (del it. spaghetti). Como se ve por los dos últimos ejemplos, el criterio de ajuste entre grafía y pronunciación opera con fuerza a la hora de incorporar a nuestro léxico préstamos de otras lenguas.

El criterio fonológico explica también los casos, ciertamente excepcionales, en los que rasgos dialectales de pronunciación trascienden a la escritura y determinan la forma gráfica de algunas palabras en el uso general o la coexistencia de variantes. Así ha ocurrido, por ejemplo, en ciertas voces del ámbito del flamenco, como bailaor, cantaor y tablao, que se escriben sin la esperable -d- intervocálica como reflejo de la pronunciación característica de los gitanos andaluces (creadores de ese arte), generalizada desde ahí a todos los hablantes; o en la variante jalar, que convive con la etimológica halar, y responde al reflejo gráfico de la antigua aspiración de la h-, rasgo que aún pervive en algunas variantes dialectales del español.

3.2.2 CORRESPONDENCIA BIUNÍVOCA ENTRE GRAFEMAS Y FONEMAS

Aunque estén en cierto modo relacionados, el criterio fonológico o de adecuación entre grafía y pronunciación no debe confundirse con el ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas: que cada grafema solo represente un fonema y que cada fonema solo sea representado por un único fonema. Puede darse el caso de que la ortografía de una lengua sea fonológica —en el sentido de que se representen por escrito todos los fonemas que efectivamente se articulan al hablar y no se empleen grafemas sin correlato fónico— y que, sin embargo, por razones diversas, normalmente históricas o etimológicas, su sistema ortográfico disponga de varias posibilidades para representar un mismo fonema. Así ocurre en español, por ejemplo,

con el fonema /j/, para cuya escritura usamos los grafemas j ( jinete) y g ( giro).

Aunque subsisten algunos desajustes como el que ilustra el ejemplo anterior, el ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas ha estado muy presente en la configuración del sistema ortográfico del español y ha guiado la toma de no pocas decisiones de gran calado, que supusieron en su momento la eliminación de grafemas o combinaciones de grafemas sobrantes por no representar en exclusiva sonidos distintivos. A ello responde, por ejemplo, la decisión expuesta en el proemio ortográfico del Diccionario de autoridades (1726) de suprimir la ç para representar el fonema /z/, pues existían ya, con el mismo valor, la c ante e, i y la z; o la tomada en la ortografía académica de 1754 de eliminar las grafías latinizantes ch, ph, rh y th, sustituidas, respectivamente, por c o qu, f, r y t ( christiano > cristiano, anarchía > anarquía, ortographía > ortografía, rhitmo > ritmo, anathema > anatema); o la adoptada en la edición posterior, de 1763, de prescindir de la -ss-, que había dejado de representar hacía tiempo un fonema distinto del que representaba la -s- simple.

En el ámbito de las reglas particulares, las que afectan a la escritura de palabras concretas, el deseo de limitar en lo posible el empleo de grafemas considerados superfluos por compartir con otros el mismo valor fonológico explica que el diccionario académico haya incorporado en no pocas ocasiones préstamos de otras lenguas modificando la grafía etimológica —sin que esta plantease problemas de ajuste con la pronunciación— para privilegiar el grafema o la combinación de grafemas considerados más genuinamente españoles en la representación de un determinado fonema, caso de folclore (del inglés folklore), biquini (de Bikini, atolón de las islas Marshall) o valquiria (del nórdico antiguo valkyrja, probablemente a través del inglés o el francés walkyrie o valkyrie). Pese a ello, en muchos de estos casos han persistido en el uso las grafías etimológicas, junto a las modificadas, lo que ha provocado, como efecto no buscado, la existencia en la escritura de variantes gráficas que han acabado por ser reconocidas también en el diccionario: folclore/folklore, biquini/bikini, póquer/póker, volframio/wolframio, etc.

3.2.3 ETIMOLOGÍA

En la configuración del sistema ortográfico del español ha operado también, aunque con menor incidencia que en lenguas como el inglés o el francés, el criterio etimológico, según el cual, en la escritura de las palabras, debe respetarse en alguna medida la forma gráfica de su étimo, es decir, del término del cual derivan. Este

criterio funciona, en muchos casos, en sentido opuesto al fonológico, y explica por qué la forma escrita de determinadas palabras contradice el principio básico de adecuación entre grafía y pronunciación; así ocurre en ciertas voces cultas de origen griego que se siguen escribiendo mayoritariamente con el grupo ps- inicial a pesar de que, al pronunciarlas, no se articula la primera de las consonantes: psicología

[sikolojía], psiquiatra [sikiátra], psoriaris [soriásis], etc.

La aplicación del criterio etimológico explica también muchas de las excepciones a las reglas generales (por ejemplo, la presencia de z ante las vocales e, i en la escritura de ciertas palabras por figurar dicha letra en su étimo, como en zeugma o nazi), y es asimismo la causa de la mayor parte de las desviaciones del ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas que hay en nuestro sistema ortográfico, desde la presencia de un grafema, como la h, sin valor fonológico, hasta la existencia de varias posibilidades gráficas para representar un mismo fonema ( b, v y w para /b/; j y g para

/j/, etc.). De hecho, el criterio etimológico sigue operando hoy a la hora de fijar la grafía de aquellas palabras que contienen fonemas que admiten varias representaciones gráficas, pues lo habitual es respetar, en esos casos, los grafemas etimológicos; así, voces como káiser, anorak o búnker se escriben con k (y no con c ni con qu) por ser esa la letra que aparece en su étimo.

El criterio etimológico, presente en nuestra escritura desde la época de los orígenes por el recuerdo, aún cercano, de la grafía latina de muchas palabras, cobró fuerza, como ya se ha apuntado, en épocas de revitalización del estudio de las lenguas clásicas, muy especialmente en los siglos XV y XVI, por influjo del humanismo renacentista. Sin embargo, aunque fue defendido aún por muchos tratadistas hasta bien entrado el siglo XVIII, su influjo como principio regulador de nuestra ortografía fue disminuyendo progresivamente en los siglos posteriores y ha terminado por supeditarse al criterio fonológico en la mayor parte de los casos de conflicto entre ambos, como demuestra la ya referida simplificación gráfica de muchos grupos consonánticos etimológicos cuando la pronunciación culta no articula todas las consonantes.

3.2.3 USO CONSTANTE

El mantenimiento de elementos etimológicos en nuestro sistema ortográfico hay que achacarlo, más bien, a la aplicación de otro de los criterios que han operado con fuerza en su configuración: el criterio del uso constante, que avala la grafía

consolidada a lo largo del tiempo por el uso mayoritario de los hablantes. Es asimismo el uso el que ha fijado en la escritura muchas grafías antietimológicas, como maravilla, que escribimos con v a pesar de que procede del latín mirabilĭa, o abogado, con b, aunque proviene del latín advocātus.

El uso constante explica también, por ejemplo, que se escriban con h- todas las palabras que comienzan por /ue/, esté presente o no dicha letra en su etimología: huérfano, huerto, hueso, huevo, etc. Esta hache es herencia de la costumbre antigua de indicar con ella que, en esas voces, la u era vocal, y no consonante, iniciada en épocas en que el empleo de los grafemas u y v no estaba aún diferenciado y ambos podían representar tanto el fonema vocálico como el consonántico.

El uso ha actuado como árbitro entre los otros dos referentes ortográficos principales, la pronunciación y la etimología, a la hora de fijar la escritura de muchas palabras: en unas ocasiones, el uso mayoritario se ha decantado por grafías fonológicas y, en otras, en menor medida, por grafías etimológicas. Son innumerables los casos en los que el uso ha actuado a favor del criterio fonológico, como ocurrió, por ejemplo, en escritura, redentor o santo, que se impusieron a las formas scriptura, redemptor y sancto, más cercanas a la etimología (del lat. scriptūra, redemptor y sanctus, respectivamente). En el lado contrario, son ejemplo de grafías etimológicas fijadas por el uso en contra del criterio fonológico, como ya se ha apuntado, todas las palabras formadas a partir de la voz griega psychḗ ‘alma’ ( psique, psicosis, psiquiatra, psicología, psicoanálisis, etc.), que se siguen escribiendo mayoritariamente con ps-, aun cuando la p inicial no se articula en ningún caso y se ha suprimido en otras palabras cuyo étimo comienza con el mismo grupo de consonantes, como salmo o salterio (del latín psalmus y psalterĭum).

3.2.5 DIFERENCIACIÓN DE HOMÓNIMOS

Menos relevante ha sido en español el criterio antihomonímico, que ha tenido, en cambio, gran peso en la configuración de otros sistemas ortográficos, como por ejemplo el francés. Este criterio establece o perpetúa diferencias gráficas para evitar, en lo posible, casos de homonimia, esto es, de palabras que, escribiéndose del mismo modo, tienen distinto significado, como ante (‘delante’) y ante (‘piel de animal’), bonito (‘bello’) y bonito (‘pez’), canto (‘acción y efecto de cantar’) y canto (‘borde o extremidad’), haz (‘cara’) y haz (‘atado de mieses, leña u otras cosas similares’), etc.

Existen, como se desprende de estos ejemplos, muchos casos de homonimia en

nuestra lengua que la ortografía no se ha molestado en evitar. El contexto permite prácticamente siempre aclarar qué término se está empleando en cada caso, de ahí el poco peso real que ha tenido este criterio en la configuración de nuestro sistema ortográfico. Sin embargo, sí ha servido a veces, unido a otros argumentos, para justificar determinadas decisiones. Así lo hizo, por ejemplo, la ortografía académica de 1754 cuando, para explicar su defensa de la v frente a quienes propugnaban su eliminación y el empleo exclusivo de la letra b para representar el fonema /b/, invocaba, junto al uso y la etimología, los inconvenientes que acarrearía su supresión debido a los casos en que la presencia de una u otra letra diferencia significados, como en balido (‘voz de la oveja’) y valido (‘persona de confianza de un poderoso que ejerce el poder en su nombre’), ejemplo al que pueden añadirse otros como basto (‘grosero o tosco’) y vasto (‘extenso’), grabar (‘marcar mediante incisión’ y ‘registrar sonidos o imágenes’) y gravar (‘imponer un gravamen o impuesto’), etc. Otros casos de palabras de idéntica pronunciación que se distinguen por el empleo de grafemas diversos en su escritura son, por citar solo unos cuantos, huso (‘instrumento para hilar’) y uso (‘acción y efecto de usar’), ingerir (‘introducir alimento o bebida por la boca’) e injerir (‘insertar o introducir’) o encima (‘en lugar o parte superior’) y enzima (‘proteína que cataliza las reacciones bioquímicas del metabolismo’).

Relacionado con el criterio antihomonímico está el uso de la llamada tilde diacrítica, que sirve para distinguir entre sí los miembros de ciertos pares de palabras grafemáticamente idénticas, pero de distinto significado y función, siendo uno de ellos tónico y el otro átono; la tilde se coloca, como es natural, sobre el elemento tónico del par: él (pronombre personal) y el (artículo), (forma del verbo dar) y de (preposición), (pronombre personal) y mi (determinativo posesivo), etc.

3.2.6 ANALOGÍA

Cualquiera que sea el criterio que haya prevalecido en la fijación de la forma gráfica de cada palabra, en el sistema ortográfico opera, además, el principio de analogía. Según este principio, las variantes flexivas de una palabra (femeninos, plurales o formas verbales), así como las palabras pertenecientes a la misma familia o que contienen una misma raíz léxica, han de presentar idéntica configuración gráfica en los segmentos que comparten: por analogía con vano se escriben también con v sus formas de femenino y de plural vana, vanos, vanas, así como el compuesto vanagloria; como hambre se escribe con h y b, así lo hacen también sus derivados

hambruna, hambriento, hambrón, hambrear, etc.; viajero se escribe con v y j porque así se escribe viajar, el verbo del cual deriva, mientras que aligerar y ligereza se escriben con g porque ligero lo hace con esta letra.

Solo se alteran las grafías de las formas flexivas, derivadas o compuestas cuando corresponde aplicar alguna de las reglas generales de correspondencia contextual entre grafemas y fonemas. Por ejemplo, el plural de las palabras terminadas en z se escribe con c en virtud de la regla general que determina que el fonema /z/ se escribe con c ante e, i: pez > peces, actriz > actrices, etc.; todas las formas del verbo escoger se escriben con g salvo aquellas en las que el fonema /j/ precede a las vocales /a/, /o/, puesto que, en ese caso, dicho fonema solo puede ser representado por la letra j: escoge, escogimos…, pero escojo, escojan…; el adverbio tan cambia su n final por una m cuando se antepone a bien para formar el adverbio también, ya que delante de b no se escribe nunca n.

3.2.7 UNIDAD ORTOGRÁFICA

Todos los criterios hasta aquí expuestos han de supeditarse al criterio de unidad, que es el principio fundamental que debe regir la configuración de cualquier sistema ortográfico. Según este principio, la representación gráfica de una lengua ha de ser la misma para todos sus hablantes y en todo su territorio, con independencia de las diferencias de pronunciación que puedan existir por razones geográficas, socioculturales o personales.

En las lenguas de escritura alfabética, como es el español, el sistema ortográfico debe reflejar todos los fonemas efectivamente existentes en cualquiera de sus variedades, aunque algunos de ellos solo se realicen en la pronunciación de determinadas áreas o hablantes. Por esta razón, la ortografía del español ha tomado como referencia para su escritura las variedades orales que distinguen los fonemas /z/

y /ll/, aun cuando estas son claramente minoritarias en el conjunto del ámbito hispánico. En virtud del principio de unidad ortográfica, todos los hispanohablantes escriben zapato, cereza, cine y llave, aunque la mayoría pronuncie [sapáto], [serésa],

[síne] y [yábe], porque sigue habiendo zonas y hablantes que pronuncian [zapáto],

[zeréza], [zíne] y [llábe].

Así pues, el criterio fonológico, el de mayor peso en la configuración de nuestro sistema ortográfico, tiene como límite en su aplicación la necesidad de mantener una grafía uniforme por encima de las diferencias de pronunciación. Estas diferencias no

deben trascender nunca de manera general al plano de la escritura y solo han aflorado en muy contadas ocasiones en forma de variantes en la grafía de algunas palabras. Así ha ocurrido, por ejemplo, en ciertas voces propias u originarias de áreas seseantes, como Cuzco/Cusco o membrecía/membresía, o, en relación con el yeísmo, con el verbo descangallar, para el que se admite también la grafía descangayar.

El criterio de unidad debe operar también, precisamente, para limitar la presencia de variantes en la escritura, tratando de cumplir el ideal de que a cada palabra le corresponda una sola representación gráfica. Las variantes son fruto, en la mayoría de los casos, de la aplicación de más de un criterio o principio ortográfico a una misma palabra a lo largo de su historia, en función de las épocas e, incluso, del gusto personal de los hablantes. Aun cuando por razón de su implantación en el uso, presente o pasado, deban ser a menudo reconocidas en el diccionario, la normativa ortográfica ha de orientar, en lo posible, sobre cuál de las variantes debe considerarse preferible en cada caso.

3.3 CONSTITUYENTES DEL SISTEMA ORTOGRÁFICO DEL ESPAÑOL

El sistema ortográfico que hace posible la representación escrita del español está constituido por una serie de signos y recursos gráficos, y por el conjunto de normas que determinan su valor y regulan su empleo. Estos signos y recursos gráficos —

muchos de los cuales son compartidos, con la misma o diferente función, por los sistemas de escritura de otras lenguas— son los siguientes:

Un abecedario de veintisiete letras o grafemas distintos, en su mayoría heredados del alfabeto latino, cuya función es representar los fonemas o sonidos distintivos de la lengua oral.

La doble figura minúscula y mayúscula que cada uno de esos grafemas puede adoptar, y que tienen claramente diferenciados en nuestro sistema sus funciones y contextos de uso.

Dos signos diacríticos supraescritos, que, colocados sobre grafemas vocálicos, son señal de algún rasgo o valor distintivo: por un lado, la tilde (´), que indica que la sílaba a la que pertenece la vocal sobre la que se escribe es la que porta el acento prosódico de la palabra; y, por otro, la diéresis (¨), cuya función es señalar que la u sobre la que aparece no forma parte del dígrafo gu, sino que tiene pleno valor fónico y debe pronunciarse.

Un grupo limitado de signos de puntuación, con una función genérica que cabría calificar de demarcativa, puesto que delimitan las unidades de sentido. Sirven, según los casos, para marcar los límites entre los diversos enunciados y sus constituyentes (como hacen el punto, la coma, el punto y coma o los dos puntos); para indicar las modalidades oracionales básicas enunciativa, interrogativa y exclamativa (como corresponde asimismo al punto y a los signos de interrogación y de exclamación); para reflejar la omisión de parte del enunciado (como en el caso de los puntos suspensivos), o para enmarcar determinados elementos o fragmentos del texto con diferentes propósitos (como es propio de las comillas, los paréntesis, las rayas o los corchetes).

Un conjunto abierto de signos auxiliares (guión, barra, llave, apóstrofo, asterisco, etc.), de muy diverso valor y función.

El espacio en blanco, recurso esencial que cumple la función primaria de determinar los límites de la palabra gráfica, pero que también separa visualmente otras unidades lingüísticas mayores, como los enunciados o los párrafos, y desempeña un papel importante en la adecuada colocación y distribución de los distintos elementos del texto escrito.

También es un recurso propiamente gráfico la posibilidad de representar de forma abreviada determinadas expresiones lingüísticas simples o complejas (a través de abreviaturas y siglas) o conceptos de carácter científico-técnico (a través de símbolos, normalmente de validez internacional). Cabe mencionar aquí las cifras o símbolos numéricos, de los que usamos dos series, con distintas funciones: la arábiga y la romana.

A explicar las normas que regulan el empleo de estos signos y recursos, todos ellos presentes en la escritura del español, sea manual o mecánica, se dedican diferentes capítulos en esta ortografía, fundamentalmente en la primera parte, la que se ocupa de la descripción de nuestro sistema ortográfico. Todo ello se complementa, en la segunda parte, con varios capítulos dedicados a explicar la correcta escritura de ciertos tipos de expresiones concretas que suelen plantear dudas ortográficas a los hablantes, como los préstamos de otras lenguas (extranjerismos y latinismos), los nombres propios (antropónimos y topónimos) y las expresiones numéricas. Además, a lo largo del texto se ha ido incorporando, donde se ha estimado conveniente, aquella información ortotipográfica considerada de interés general, cuyo conocimiento es hoy necesario para cualquiera que utilice medios mecánicos de escritura y herramientas

informáticas específicamente diseñadas para la composición y la autoedición de textos.

PRIMERA PARTE

El sistema ortográfico del español

CAPÍTULO I

La representación gráfica de los fonemas: el uso de las letras o grafemas

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FONEMAS Y GRAFEMAS

La escritura es una técnica que permite reproducir gráficamente el componente fónico del lenguaje.

Cuando hablamos, emitimos sonidos. Estos sonidos se combinan formando palabras, esto es, signos lingüísticos dotados de significado, que a su vez se combinan entre sí para formar enunciados, que son las unidades mínimas capaces de constituir un mensaje verbal. Cada lengua presenta un inventario limitado de sonidos diferentes capaces de distinguir por sí solos un signo lingüístico de otro, una palabra de otra; así, el sonido representado por la letra p es el que permite distinguir en español la palabra pasa de otras como basa, casa, gasa, masa o tasa, de muy diverso significado. Estas unidades fónicas distintivas se denominan técnicamente fonemas y su inventario en cada una de las lenguas naturales constituye el sistema fonológico de estas.

Las lenguas de escritura alfabética, como es el español, disponen además de un inventario igualmente limitado de signos gráficos capaces de diferenciar significados en el plano de la escritura. Estas unidades gráficas distintivas que componen la secuencia escrita se denominan técnicamente grafemas, y vienen a coincidir con lo que comúnmente llamamos letras, siempre que se consideren como tales únicamente los signos simples, es decir, los constituidos por un solo elemento (v. § 5.1-2).

Así pues, el fonema es la unidad mínima distintiva en el plano fónico, y el grafema, la unidad mínima distintiva en el plano gráfico. En ambos casos se trata de unidades segmentales, esto es, de unidades aislables que se manifiestan de forma lineal o sucesiva en la cadena hablada, en el caso de los fonemas, y en la cadena escrita, en el caso de los grafemas. La ortografía se encarga de determinar, en cada lengua, cuál es la correspondencia que debe establecerse en la escritura entre las unidades de uno y otro tipo, es decir, con qué grafema o conjunto de grafemas se representa cada uno de los fonemas, y qué fonema o fonemas representa cada grafema

o conjunto de grafemas.

Antes de presentar el inventario de fonemas y grafemas del español, y de exponer su sistema de correspondencias, se van a definir y explicar ciertos conceptos lingüísticos básicos, necesarios para la adecuada comprensión de este capítulo.

2

SONIDOS Y FONEMAS

Las unidades fónicas que se emiten al hablar no se realizan siempre de la misma manera ni son pronunciadas de igual forma por todos los hablantes. Hay diferencias de mayor o menor grado que dependen de múltiples factores, como las características de los sonidos adyacentes, la procedencia geográfica del hablante, la particular configuración de su aparato fonador, la situación comunicativa, etc.

El contexto fónico de cada uno de los sonidos en la cadena hablada influye en su realización concreta, pues esta se ajusta a menudo a las características articulatorias de los sonidos del entorno. Así, por ejemplo, el sonido representado por la letra k se articula de un modo ligeramente distinto según sea la vocal siguiente: si es una i, como en la palabra kilo, el sonido de la k, que se caracteriza por articularse en la parte posterior de la cavidad bucal, adelanta su zona de articulación a la parte anterior, la misma en la que se articula el sonido de la i; en cambio, si la vocal siguiente es una o, como en la palabra koala, el sonido representado por la k mantiene su articulación en la zona posterior de la boca, donde también se articula la o. Las características del sonido representado por la letra b no son las mismas en la palabra cambio que en la palabra loba: en el primer caso, los labios entran en contacto impidiendo momentáneamente la salida del aire; en el segundo, los labios solo se aproximan, sin llegar a juntarse, por lo que el aire fluye sin interrupción.

La procedencia geográfica de los hablantes también tiene repercusiones en la realización concreta de los elementos fónicos. Así, el sonido representado por la letra s se produce de distinta forma según las zonas: en unas áreas, como el centro y norte de España, se articula normalmente apoyando la punta de la lengua en los alvéolos de los dientes superiores, con la lengua en posición cóncava; en otras, como en la mayor parte de Hispanoamérica, Andalucía y Canarias, no es la punta de la lengua, sino el predorso o parte anterior del dorso la que se apoya contra los dientes superiores o sus

alvéolos, adoptando la lengua una forma convexa. El sonido representado por la letra j en palabras como jamás o mujer tampoco se pronuncia de la misma forma en todas las áreas hispanohablantes: en unas zonas este sonido se articula en la zona velar, aproximando la parte posterior de la lengua al velo del paladar; en otras, en cambio, retrasa su articulación hacia la zona faríngea y se realiza como un sonido aspirado.

Información adicional. Los alvéolos son las cavidades de la mandíbula en las que están engastados los dientes.

El velo del paladar, también llamado paladar blando, es la cortina muscular que separa la boca de la faringe y en cuya parte central se sitúa la úvula o campanilla.

No obstante, en ninguno de los casos citados como ejemplo los hablantes perciben como unidades distintas las variantes de realización, puesto que las diferencias que existen entre ellas no son relevantes, no implican cambios de significado. Para el hablante, el sonido representado por la letra k es el mismo en kilo que en koala; la palabra loba no varía su significado aunque, por razones expresivas, el sonido de la b se pronuncie juntando completamente los labios, en lugar de simplemente aproximándolos, ni las distintas formas de articular la s de casa o la j de jamás o mujer impiden que los hablantes de cualquier zona reconozcan la misma palabra en todos los casos.

En cambio, los hablantes sí perciben como unidades fónicas diferentes aquellos sonidos capaces de distinguir, en su lengua, un signo lingüístico de otro. Así, en español son distintivos los sonidos representados por las letras b y m porque su alternancia dentro de un mismo contexto fónico produce diferencias de significado: loba (‘hembra del lobo’) no es lo mismo que loma (‘elevación pequeña y prolongada del terreno’).

En consecuencia, la lingüística establece una neta diferencia entre los sonidos, que son las unidades fónicas que efectivamente se articulan al hablar, caracterizadas por el conjunto de todos sus rasgos articulatorios y acústicos, y los fonemas, que son las unidades fónicas abstractas que poseen función distintiva dentro del sistema lingüístico. Los sonidos son realidades físicas concretas, mientras que los fonemas son categorías mentales o abstractas, que se manifiestan en el habla en forma de sonidos.

Información adicional. Del estudio de los sonidos, de sus mecanismos de producción, de sus características físicas y de cómo son percibidos por el oído, se ocupa la fonética. La fonología, en cambio, se ocupa del estudio de los fonemas, es decir, de establecer, a partir del número teóricamente

ilimitado de sonidos del habla, el conjunto limitado y reducido de unidades fónicas distintivas.

En las obras lingüísticas, los sonidos se representan mediante signos convencionales escritos entre corchetes, mientras que los signos que representan los fonemas se escriben entre barras.

Así, por ejemplo, [b] y [β] son dos sonidos, dos variantes de realización —con cierre total de los labios la primera y con mera aproximación de los labios la segunda— del fonema /b/.

En la escritura del español, como en todas las de tipo alfabético, la finalidad de las letras o grafemas es representar gráficamente los fonemas, no sus múltiples variantes de realización. Gracias a ello, la ortografía de la lengua española es la misma para todos sus hablantes y en todo su territorio, con independencia de las diferencias de pronunciación que puedan darse en el habla por razones contextuales, geográficas o individuales.

3

LA CARACTERIZACIÓN DE LOS FONEMAS: LOS RASGOS

DISTINTIVOS

Los fonemas se establecen a partir de las características articulatorias y acústicas de los sonidos del habla, pero se definen únicamente por el conjunto de rasgos que resultan relevantes o pertinentes para distinguir unos signos lingüísticos de otros. Las cualidades fónicas que caracterizan a los fonemas se denominan, por ello, rasgos distintivos. Cada uno de los fonemas del sistema fonológico de una lengua debe oponerse a los demás por, al menos, un rasgo distintivo. Así, el fonema /b/ y el fonema /p/ se diferencian únicamente en que el primero es sonoro, pues se articula con vibración de las cuerdas vocales, y el segundo es sordo, ya que, al pronunciarlo, las cuerdas vocales no vibran. La sonoridad es el rasgo distintivo que opone estos dos fonemas, que, por lo demás, se articulan del mismo modo, es decir, juntando los labios y obstaculizando con ello la salida del aire. La prueba de su condición de fonemas del español estriba en que la sustitución de uno por otro en un mismo contexto fónico produce diferencias de significado en nuestra lengua, como se pone de manifiesto en los pares de palabras bala/pala, coba/copa o beso/peso.

3.1 LOS RASGOS DISTINTIVOS DE LOS FONEMAS DEL ESPAÑOL

Los rasgos distintivos con los que tradicionalmente se definen los fonemas son de carácter articulatorio y, por tanto, tienen que ver con la acción, posición e intervención de los diferentes órganos y cavidades del aparato fonador cuando se emite el sonido correspondiente. De la multiplicidad de rasgos fónicos que caracterizan la articulación de los sonidos en el habla, cada lengua selecciona aquellos que son constantes y distintivos en ella para configurar las unidades de su sistema fonológico.

A continuación se van a describir los rasgos distintivos de carácter articulatorio